Reflexiones

Entre terapia y terapia algunas veces surgen reflexiones, la mayoría se me diluyen en el tiempo, con otras hago el esfuerzo de cristalizarlas en papel. Estas son algunas de ellas...


jueves, 23 de marzo de 2017

Metáfora: Elucubraciones

autoestima, crecimiento personal
San Isisdoro de Sevilla
Estaba en aquel magnífico salón minimalista mirando la valla del jardín a través de la amplia cristalera.

Era una urbanización de chalecitos muy tranquila. La criada le había dicho que esperase allí, el señor tardaría un poco.

D. Teodoro era su profesor preferido, tal vez porque siempre fue muy considerado con él y le animó a estudiar. Dirigió su doctorado y le llevó de ponente a varios congresos. Juntos organizaron varios seminarios.

En su interior le consideraba como al padre que nunca tuvo. Aquel día se acercó a su casa con el pretexto de consultarle sobre un proyecto, pero la verdad era que quería estar un rato con él.

Empezaba a tardar, se entretuvo ojeando un libro. La tarde se fue haciendo noche y no aparecía nadie.

Vio salir a la criada. La casa estaba a oscuras, salvo el salón. ¿Se habrían olvidado de él? ¿Le habían dejado solo?

Poco a poco empezó a captar el mensaje… su profesor no debía sentir por él nada parecido a lo que él deseaba… -¿Tan poca cosa soy que me han abandonado? ¿Debería haber llamado antes de venir?- Se dijo.

Avergonzado y humillado salió de la casa por una ventana, pues habían cerrado la puerta con llave. Saltó la valla y comenzó a caminar. Le venían a la memoria los momentos en los que se había sentido rechazado; le inundaba la tristeza. De nada le servía decirse que él también había rechazado a otros, que la vida es “un toma y daca”.

Recordó la oración de F. Perls “Yo no estoy en este mundo para satisfacer tus expectativas, tú no estás para satisfacer las mías, si nos encontramos puede ser maravilloso; si no, también…”; ¡mierda de Perls! ¿Quién era tan maduro para aguantar aquello? Desde luego él no. Estaba jodido y punto. Se sentía dolido y ridículo. Había dado por supuesto que su profesor también sentía algo por él, pero lo sucedido le decía lo contrario…


A los tres días recibió una nota que le llenó de sentimiento contradictorios, decía:

“Querido Juan, he sabido por mi asistenta que estuviste en casa esperándome. Te ruega que la disculpes por haberte dejado encerrado. Se puso muy nerviosa cuando le dijeron que me acababan de ingresar por un infarto y salió corriendo para venir a verme sin acordarse de que estabas esperándome. Tan pronto como me suelten te llamo y hablamos. Un fuerte abrazo. Teodoro”

viernes, 10 de marzo de 2017

Metáfora: Reparto de carne

metafora reparto de carne
El pueblo de los abuelos
Luis vivía en una estresante ciudad en donde tenía un trabajo de silla y ordenador que le exigía casi todo su tiempo. Trabajaba en casa, muchos días no salía, o a lo más bajaba a la panadería: -Una barra por favor. Gracias – podía ser su conversación más larga.

No quería seguir así, se ahogaba andando, le costaba respirar, su enorme barriga le dificultaba mucho atarse los cordones de los zapatos. Los médicos ya le habían dicho que tenía que perder peso pero se sentía atrapado en sus rutinas. Necesitaba un cambio de aires; su vida le estaba matando.

Se fue a vivir a la casa del pueblo de sus difuntos abuelos, como primer cambio de los que tendría que hacer, aunque de momento no sabía muy bien cuáles serían. Había roto con su trabajo y necesitaba ocuparse en algo.

En la carnicería cercana a su casa le ofrecieron hacerse cargo del reparto de los pedidos, – ¡Eso sí que es un cambio! - se dijo a sí mismo, pero de momento  no había otra cosa.

La mayoría del casco urbano lo habían hecho peatonal, los turistas estaban encantados, pero a él las posibilidades para hacer su reparto se reducían a dos, hacerlo en bicicleta o andando; con su peso no se atrevía a intentar lo de la bicicleta.

Los pedidos para repartir ya estaban preparados a las 10h., y él, buen conocedor del pueblo en el que había pasado tantos veraneos, se planificaba bien su ruta. Los primeros días repartió cargando las bolsas a mano, tenía que parar de vez en cuando para recuperarse y tardó muchísimo en hacer los repartos. El ejercicio y el sol de justicia de aquel pueblo manchego le hacían empapar su frente, su espalda, sus sobacos, su cintura…,”chorrrreaba”.

De no haber sido porque estaba trabajando, de buena gana se hubiera bebido un par de dobles de cerveza, pero su ética le refrenó.

Los clientes, sobre todos los del final de la ruta, se le quejaban al carnicero de que sus pedidos les llegaban menguados de peso, se veía que habían escurrido jugo en el trayecto, y el carnicero les respondía con sorna – ¡Pues no sabes cómo me vuelve el repartidor! -

La necesidad llevó a su mente la idea de ayudarse de un carrito en su reparto. La cosa mejoró bastante, el trabajo se alivió, la caminata resultó más ligera.

A Luis el trato con la carne se le hizo desagradable y lo que menos quería era encontrársela en su comida. Por fortuna para él aquel pueblo tenía una buena vega y muy ricas verduras, hortalizas y legumbres, casi se hizo vegetariano, salvo por el pollo y algo de pescado.

Su forma de comer cambió, le seguía costando alejarse del azúcar, pero aprendió el truco de acordarse de los problemas que tuvo su madre con la diabetes para alejarse de ella.

Se volvió responsable en su forma de comer.

Pudo encontrar otro trabajo mejor, y aprendió que debía evitar a toda costa volver a ser tan sedentario como antes, ya no dejaría de andar, aunque ahora por gusto.

Como sabía que era olvidadizo se ayudó de un aparatito que llevaba siempre y le informaba de su actividad, para saber si estaba cumpliendo su objetivo de ejercicio o debía corregirse.

Al cabo de tres meses de disciplina pudo decir con gozo:

¡Ya me puedo atar los cordones de los zapatos!


martes, 7 de marzo de 2017

Metáforas


El uso de las metáforas en psicoterapiaLas metáforas son historias que ponen en relación ideas, pensamientos, significados, emociones… Pueden ser sensibilizadoras y/o activadoras, y que lo sean más o menos, dependerá  de la cercanía al ideario del destinatario.

Semejanza, interacción y sustitución de elementos son el andamiaje de las metáforas.

Vivimos inmersos en una “gran metáfora”. Las noticias que nos llegan del mundo, cuanto más lejano al nuestro, menos semejante nos parece, menos nos sensibiliza y menos nos activa. La proximidad favorece la identidad, la lejanía la diferencia.

Los libros, los cuentos, los chistes, las fábulas, las historias del barrio, las patrias y los libros sagrados desprenden sugestiones, a veces imperativas como mandatos que educan, estructuran, orientan y señalizan valores, ofrecen una visión del mundo. Bullimos con lo que nos bullen.

Con lo que nos rodea construimos nuestra visión del mundo y sobre nosotros mismos. No es raro que este constructo llegue a hacerse doloroso e insalubre.

Se hace necesaria entonces una contra metáfora sanadora, que ofrezca una visión del mundo vivible, alternativas posibles al alcance del sufriente.

Aprendemos imaginando. No podemos dejar de usar imágenes, aglomeradas en conceptos, ni aunque nos digan que no lo hagamos:

       “No pienses en un elefante verde”….

Las metáforas se construyen con los mismos ladrillos que se usan en la vida común: la imaginación, la semejanza, la suposición, la simplificación… Pueden ser escritas o narradas. La narración, si consigue transmitir emoción y veracidad se acepta más fácilmente.

La efectividad de la metáfora va a depender del narrador, del oyente y de sus circunstancias.

Las circunstancias referidas a la vivencia del oyente, su problemática, sus necesidades e incluso su relación con el narrador.

El oyente aporta su disposición, su interés, su atención, su implicación, que se verían favorecidos por una bajada de nivel de su alerta defensiva, para lo que podría ayudarse de la hipnosis o al menos de la relajación.

El narrador ha de considerarse a sí mismo como parte de la ecuación que considera tanto al oyente como a sus circunstancias y elegir la metáfora que mejor  pudiera ayudar en la producción de un “insight”  sobre la problemática a resolver.

Las metáforas las hay generales como las que se pueden encontrar en los libros, o hechas a medida del que escucha. Ambas pasan por el filtro interpretativo del destinatario.

En este blog voy colgado metáforas originales que hice a medida de unas personas, por si pueden ayudar a otras.

Habrá quien piense que con una metáfora no se mueve nada, “pero se mueve”.


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Sobre metáforas:
“Guiones y estrategias en hipnoterapia” de Roger P. Allen
“El empleo de metáforas en psicoterapia – 101 Historias Curativas” de George W. Burns
“La magia de la metáfora” de Nick Owen
“Para la mujer -50 ejercicios de sofrología” de Dr. Jean Audouin y Joëlle Souffir
Fábulas, de Esopo; de Félix M. Samaniego,…

Infinidad de cuentos…

viernes, 25 de noviembre de 2016

Metáfora: El fantasma novato

Blumbín era un fantasma joven y travieso, del clan de “Los Pavorosos”. El “Don” familiar, consistía en meterse en la imaginación de la gente y hacerles ver lo que no existía, y sobre todo hacerles sentir “MIEDO”, mucho miedo.

También se les conocía como “La saga del miedo”; su tatarabuelo había llegado a ser cinturón negro, 8º Dan en la disciplina de asustar; incluso su propia familia temblaba al pronunciar su nombre, lo evitaban refiriéndose a él como al “Tatarabuelo”.

El catálogo de miedos de este clan era extensísimo: a estar solo, a la gente, a morirse, a las enfermedades, a una infinidad de animales, a tener que hablar en público, a lo que pensasen los demás, a ser abandonados, a no saber valerse por sí mismos, a ser perseguidos, a no hacerlo bien en la cama, a perder el control y volverse loco. Una de sus especialidades era crear miedos a la carta, según el historial de la víctima elegida.

Como actores eran maravillosos, disponían de cantidad de máscaras terroríficas, trajes, abalorios, puestas en escena y efectos especiales jamás igualados por ningún coreógrafo. Competían entre ellos para ser los que más asustaban, y lo disfrutaban.

Necesitaban saber que captaban la atención de sus víctimas, que conseguían asustarlas de verdad: sus taquicardias, sus ahogos, sus dolores de tripas; ver cómo se quedaban paralizadas les llenaba de orgullo. Contaban sus hazañas en las reuniones del clan y todos lo pasaban bien.

De vez en cuando alguno de ellos, se topaba con que había elegido por víctima a alguien más difícil de lo normal; que le miraba a la máscara y aunque por la taquicardia se podía ver que miedo sí que tenía, le aguantaba la mirada. Eso le pasó a Blumbín cuando quiso asustar a Carlos...

B)  “Que te vas a morir, que te vas a morir”

C)  ¡Fuu, que miedo! (taquicardia, ahogo)… pero si yo me muero te vas a tener que buscar otro al que asustar.

B)  (¡Vaya, me salió respondón!) “Que te vas a morir, que te mueres, que te mueres”.

C)  Mira, déjame en paz, eres muy monótono.

B)  (¡Que corte!) ¡Oye que te vas a morir!

C)  (Ni caso) A ver, yo lo que quiero es preparar una paella para mis invitados, así que…

B)  Pues sin público yo no trabajo, que vergüenza si se enteran.


Blumbín al día siguiente, herido en su amor propio volvió a la carga:

B)  Ese dolorcillo en el pecho seguro que es un cáncer mortal, los médicos no saben nada de nada ¡Te vas a morir!

C)  ¡Fuu! ¡Que susto! (taquicardia, ahogo, mareo, miedo). Ya sé, tú eres el pesado de ayer ¡Déjame en paz!

B)  (Otro corte, que vergüenza, será mejor que haga mutis por el foro.)


Al día siguiente el fantasma reapareció:

B)  (Pues no me resigno) ¿Qué raro que estés vivo con esas toses? Te habrán dicho que es alergia, pero es que te estás muriendo.

C)  (No puedo evitar asustarme cuando viene, pero voy a hacer que no le oigo).

B)  ¡Oye, que te estoy hablando cara muerto!

C)  No sé si acercarme a la taquilla a por las entradas o sacarlas por internet. Total me pilla de paso…

B)  ¡Que manera de ignorarme! ¡Esto no me había pasado nunca! Tendré que consultar con los ancianos.


El Consejo de Ancianos, por medio de su portavoz, le hizo saber que de cuando en cuando entre las víctimas surgía algún respondón, alguien que recibía ayuda de alguna fuerza misteriosa y se les resistía; hasta el Tatarabuelo tuvo que pasar por ello. Debía intentarlo un poco más y más espaciado en el tiempo, a ver si le pillaba por sorpresa y conseguía hacerse con su atención para seguir con su mascarada.

Así lo hizo, pero a cada intento sentía en su propia bruma la dureza de que “no hay mayor desprecio que no hacer aprecio”.

Carlos se había dado cuenta de que Blumbín necesitaba de su miedo para seguir existiendo, así que decidió cortarle el grifo y sin atención Blumbín se aburría, así que se marchó.


miércoles, 28 de septiembre de 2016

Psicoterapias

psicoterapiaHan sido más de dos años de visitas semanales y ahora como de repente se acaba; la verdad es que lo veía venir; creo que ella también.

Hemos subido hasta la copa y bajado hasta las raíces del tronco que nos arbola. Desde arriba hemos visto que las cosas no son como nos hubiera gustado que fuesen, desde abajo hemos consolidado y dudado lo recordado.

Conocedora de más técnicas que yo mismo, se ha mirado y se ha visto, se ha criticado y se ha querido tal cual. Ha terminado con un poco más de conciencia sobre sí misma.

Cuando vas por terreno llano, después de haber estado subiendo cuestas, con una pedalada de vez en cuando, es una gloria dejarse ir a vela, ya sin costosos esfuerzos, “sabiendo que nos pasa lo que nos pasa por lo que nos pasa”. Ya con la serenidad de estar ante algo no tan desconocido, aunque con la pereza de reposicionarnos ante la nueva familiaridad.

Testigo de excepción, catalizador voluntario para extraer esencia de presencia, viajero invitado a rutas ajenas, excepcionales, siempre nuevas, siempre distintas, de inciertos finales, que de alguna forma también a mi me construyen. Ese he sido yo una vez más.

Gracias.

jueves, 9 de junio de 2016

¿Cómo son las terapias?

Es una pregunta que me plantean con frecuencia, que está influida por nuestro contexto social y cargada de deseos y expectativas personales.

Acudimos al médico o al abogado con la idea de que serán ellos, los expertos que harán algo por nosotros, que darán fin a nuestros problemas. Tomamos una actitud pasiva, paciente, inconsciente, confiada y esperanzada que nos lleva por ejemplo a tomar fármacos con verdadera fe.

No estamos entrenados para ser responsables de nuestra propia vida. Cuando somos pequeños son nuestros padres los responsables y cuando somos mayores hacemos responsable a papá Estado o acudimos al Padre Nuestro que está en los cielos para que nos saque de los apuros en los que nos metemos por nuestra mala cabeza. Huimos de las responsabilidades y obligaciones, incluso de las que fueron establecidas para nuestro propio bien y esa huida se convierte en parte del problema.

No pensamos que seamos responsables de nuestro bienestar, no escuchamos los consejos de la medicina preventiva, confiamos en que los automatismos de nuestra salud, de nuestra biología van a funcionar siempre pese a todo, que es como esperar que si a un motor en lugar de combustible le ponemos arena, va a seguir funcionando.

Acudir al psicólogo es de los últimos pasos en la búsqueda de soluciones para nuestra salud, y esto sucede por el profundo rechazo que tenemos a la posibilidad de que lo malo que nos pueda estar pasando tenga algo que ver con nosotros; es como con los constipados, los tenemos nosotros, pero son otros los que nos los han pegado.

Sabemos que cualquier “verdad” que trate de ser impuesta, será automáticamente rechazada, que cuando una persona busca soluciones ha de partir de un entorno que le permita sentirse seguro y aceptado, y que la formación de ese espacio básico parte de ser escuchado con una escucha activa, que tiene por objeto el despertar de la consciencia sobre la propia vida, sobre las propias vivencias.

La consciencia ilumina el inconsciente y pone a la vista los recursos disponibles para comprender la solución de los problemas.

En este proceso psicoterapéutico hay teorías con sus técnicas a usar según sean las distintas “dolencias” o personas que consultan. Todas persiguen un objetivo común: aliviar a la persona de su dolencia psíquica mediante un cambio de conciencia sobre lo que le sucede.

Pero ese cambio no se puede implantar desde fuera como si fuera una prótesis, sucede tras un descubrimiento íntimo, un insight, y un reposicionamiento con respecto al mundo. Suele llevar consigo el establecimiento de un nuevo orden personal.

Todos somos conservadores por naturaleza, lo primero que quiere la vida es perpetuase, y después mejorar. Hay una lucha constante entre la inercia a permanecer en lo conocido y el deseo de cambio; el equilibrio ha de ser dinámico, en movimiento, como el de las bicicletas.

Cuando nos dicen que tenemos que cambiar, la primera reacción es la huida, por eso no es una buena estrategia presentar la psicoterapia como un proceso de cambio, que lo es, sino como un proceso de descubrimiento, que puede ser más atractivo, despertar curiosidad y ser menos amenazador.

Si después del descubrimiento se cambia o no, eso ya es otra cuestión, cada cual decide según sus circunstancias. La psicoterapia se esfuerza en aportar claridad sobre lo que decide.


Al abordar la problemática que presenta el consultante, resulta fundamental la persona del psicólogo, pues en última instancia él mismo se convierte en una herramienta que ha de estar afinada en sensibilidad, capacidad de percepción, de comprensión, de integración y de creatividad. Su atención ha de tener el foco sobre el paciente y también sobre sí mismo, sobre lo que ocurre en la relación terapéutica y su evolución.