Reflexiones

Entre terapia y terapia algunas veces surgen reflexiones, la mayoría se me diluyen en el tiempo, con otras hago el esfuerzo de cristalizarlas en papel. Estas son algunas de ellas...


viernes, 25 de noviembre de 2016

Metáfora: El fantasma novato

Blumbín era un fantasma joven y travieso, del clan de “Los Pavorosos”. El “Don” familiar, consistía en meterse en la imaginación de la gente y hacerles ver lo que no existía, y sobre todo hacerles sentir “MIEDO”, mucho miedo.

También se les conocía como “La saga del miedo”; su tatarabuelo había llegado a ser cinturón negro, 8º Dan en la disciplina de asustar; incluso su propia familia temblaba al pronunciar su nombre, lo evitaban refiriéndose a él como al “Tatarabuelo”.

El catálogo de miedos de este clan era extensísimo: a estar solo, a la gente, a morirse, a las enfermedades, a una infinidad de animales, a tener que hablar en público, a lo que pensasen los demás, a ser abandonados, a no saber valerse por sí mismos, a ser perseguidos, a no hacerlo bien en la cama, a perder el control y volverse loco. Una de sus especialidades era crear miedos a la carta, según el historial de la víctima elegida.

Como actores eran maravillosos, disponían de cantidad de máscaras terroríficas, trajes, abalorios, puestas en escena y efectos especiales jamás igualados por ningún coreógrafo. Competían entre ellos para ser los que más asustaban, y lo disfrutaban.

Necesitaban saber que captaban la atención de sus víctimas, que conseguían asustarlas de verdad: sus taquicardias, sus ahogos, sus dolores de tripas; ver cómo se quedaban paralizadas les llenaba de orgullo. Contaban sus hazañas en las reuniones del clan y todos lo pasaban bien.

De vez en cuando alguno de ellos, se topaba con que había elegido por víctima a alguien más difícil de lo normal; que le miraba a la máscara y aunque por la taquicardia se podía ver que miedo sí que tenía, le aguantaba la mirada. Eso le pasó a Blumbín cuando quiso asustar a Carlos...

B)  “Que te vas a morir, que te vas a morir”

C)  ¡Fuu, que miedo! (taquicardia, ahogo)… pero si yo me muero te vas a tener que buscar otro al que asustar.

B)  (¡Vaya, me salió respondón!) “Que te vas a morir, que te mueres, que te mueres”.

C)  Mira, déjame en paz, eres muy monótono.

B)  (¡Que corte!) ¡Oye que te vas a morir!

C)  (Ni caso) A ver, yo lo que quiero es preparar una paella para mis invitados, así que…

B)  Pues sin público yo no trabajo, que vergüenza si se enteran.


Blumbín al día siguiente, herido en su amor propio volvió a la carga:

B)  Ese dolorcillo en el pecho seguro que es un cáncer mortal, los médicos no saben nada de nada ¡Te vas a morir!

C)  ¡Fuu! ¡Que susto! (taquicardia, ahogo, mareo, miedo). Ya sé, tú eres el pesado de ayer ¡Déjame en paz!

B)  (Otro corte, que vergüenza, será mejor que haga mutis por el foro.)


Al día siguiente el fantasma reapareció:

B)  (Pues no me resigno) ¿Qué raro que estés vivo con esas toses? Te habrán dicho que es alergia, pero es que te estás muriendo.

C)  (No puedo evitar asustarme cuando viene, pero voy a hacer que no le oigo).

B)  ¡Oye, que te estoy hablando cara muerto!

C)  No sé si acercarme a la taquilla a por las entradas o sacarlas por internet. Total me pilla de paso…

B)  ¡Que manera de ignorarme! ¡Esto no me había pasado nunca! Tendré que consultar con los ancianos.


El Consejo de Ancianos, por medio de su portavoz, le hizo saber que de cuando en cuando entre las víctimas surgía algún respondón, alguien que recibía ayuda de alguna fuerza misteriosa y se les resistía; hasta el Tatarabuelo tuvo que pasar por ello. Debía intentarlo un poco más y más espaciado en el tiempo, a ver si le pillaba por sorpresa y conseguía hacerse con su atención para seguir con su mascarada.

Así lo hizo, pero a cada intento sentía en su propia bruma la dureza de que “no hay mayor desprecio que no hacer aprecio”.

Carlos se había dado cuenta de que Blumbín necesitaba de su miedo para seguir existiendo, así que decidió cortarle el grifo y sin atención Blumbín se aburría, así que se marchó.


miércoles, 28 de septiembre de 2016

Psicoterapias

psicoterapiaHan sido más de dos años de visitas semanales y ahora como de repente se acaba; la verdad es que lo veía venir; creo que ella también.

Hemos subido hasta la copa y bajado hasta las raíces del tronco que nos arbola. Desde arriba hemos visto que las cosas no son como nos hubiera gustado que fuesen, desde abajo hemos consolidado y dudado lo recordado.

Conocedora de más técnicas que yo mismo, se ha mirado y se ha visto, se ha criticado y se ha querido tal cual. Ha terminado con un poco más de conciencia sobre sí misma.

Cuando vas por terreno llano, después de haber estado subiendo cuestas, con una pedalada de vez en cuando, es una gloria dejarse ir a vela, ya sin costosos esfuerzos, “sabiendo que nos pasa lo que nos pasa por lo que nos pasa”. Ya con la serenidad de estar ante algo no tan desconocido, aunque con la pereza de reposicionarnos ante la nueva familiaridad.

Testigo de excepción, catalizador voluntario para extraer esencia de presencia, viajero invitado a rutas ajenas, excepcionales, siempre nuevas, siempre distintas, de inciertos finales, que de alguna forma también a mi me construyen. Ese he sido yo una vez más.

Gracias.

jueves, 9 de junio de 2016

¿Cómo son las terapias?

Es una pregunta que me plantean con frecuencia, que está influida por nuestro contexto social y cargada de deseos y expectativas personales.

Acudimos al médico o al abogado con la idea de que serán ellos, los expertos que harán algo por nosotros, que darán fin a nuestros problemas. Tomamos una actitud pasiva, paciente, inconsciente, confiada y esperanzada que nos lleva por ejemplo a tomar fármacos con verdadera fe.

No estamos entrenados para ser responsables de nuestra propia vida. Cuando somos pequeños son nuestros padres los responsables y cuando somos mayores hacemos responsable a papá Estado o acudimos al Padre Nuestro que está en los cielos para que nos saque de los apuros en los que nos metemos por nuestra mala cabeza. Huimos de las responsabilidades y obligaciones, incluso de las que fueron establecidas para nuestro propio bien y esa huida se convierte en parte del problema.

No pensamos que seamos responsables de nuestro bienestar, no escuchamos los consejos de la medicina preventiva, confiamos en que los automatismos de nuestra salud, de nuestra biología van a funcionar siempre pese a todo, que es como esperar que si a un motor en lugar de combustible le ponemos arena, va a seguir funcionando.

Acudir al psicólogo es de los últimos pasos en la búsqueda de soluciones para nuestra salud, y esto sucede por el profundo rechazo que tenemos a la posibilidad de que lo malo que nos pueda estar pasando tenga algo que ver con nosotros; es como con los constipados, los tenemos nosotros, pero son otros los que nos los han pegado.

Sabemos que cualquier “verdad” que trate de ser impuesta, será automáticamente rechazada, que cuando una persona busca soluciones ha de partir de un entorno que le permita sentirse seguro y aceptado, y que la formación de ese espacio básico parte de ser escuchado con una escucha activa, que tiene por objeto el despertar de la consciencia sobre la propia vida, sobre las propias vivencias.

La consciencia ilumina el inconsciente y pone a la vista los recursos disponibles para comprender la solución de los problemas.

En este proceso psicoterapéutico hay teorías con sus técnicas a usar según sean las distintas “dolencias” o personas que consultan. Todas persiguen un objetivo común: aliviar a la persona de su dolencia psíquica mediante un cambio de conciencia sobre lo que le sucede.

Pero ese cambio no se puede implantar desde fuera como si fuera una prótesis, sucede tras un descubrimiento íntimo, un insight, y un reposicionamiento con respecto al mundo. Suele llevar consigo el establecimiento de un nuevo orden personal.

Todos somos conservadores por naturaleza, lo primero que quiere la vida es perpetuase, y después mejorar. Hay una lucha constante entre la inercia a permanecer en lo conocido y el deseo de cambio; el equilibrio ha de ser dinámico, en movimiento, como el de las bicicletas.

Cuando nos dicen que tenemos que cambiar, la primera reacción es la huida, por eso no es una buena estrategia presentar la psicoterapia como un proceso de cambio, que lo es, sino como un proceso de descubrimiento, que puede ser más atractivo, despertar curiosidad y ser menos amenazador.

Si después del descubrimiento se cambia o no, eso ya es otra cuestión, cada cual decide según sus circunstancias. La psicoterapia se esfuerza en aportar claridad sobre lo que decide.


Al abordar la problemática que presenta el consultante, resulta fundamental la persona del psicólogo, pues en última instancia él mismo se convierte en una herramienta que ha de estar afinada en sensibilidad, capacidad de percepción, de comprensión, de integración y de creatividad. Su atención ha de tener el foco sobre el paciente y también sobre sí mismo, sobre lo que ocurre en la relación terapéutica y su evolución.


miércoles, 1 de junio de 2016

El silencio de los psicólogos

Psicología
Se refiere, como es de sentido común, a lo que concierne a nuestra actividad profesional, que nos obliga al secreto, y no solo porque nos lo exija nuestro código deontológico, sino también por respeto a la confianza que deposita el paciente en nuestra persona.

Cuando nos referimos a algún caso, para por ejemplo, exponer una situación a modo de divulgación, los datos estarán tan cambiados que no habría manera de que nadie reconociese de quien se trata, tan solo se conserva la parte que puede servir para enseñarnos algo.

En las consultas o supervisiones con otro colega, también obligado al secreto profesional, por alguna dificultad que podamos tener como psicoterapeutas, no interesa el nombre del paciente. Solemos hablar del proceso y de cuáles son los escollos que encontramos en nosotros mismos al respecto.

El olvido es una fórmula muy útil para guardar secretos.

Cuando cierro un caso, en una semana más o menos ya no recuerdo nada, lo que ha provocado algún enfado en ex-pacientes que me han saludado por la calle y no he reconocido. Aunque lo cierto es, que si insisten, acabo recordando; la mayoría de las veces cuando ya se han ido.


La “técnica del olvido” para guardar secretos tiene sus pros y sus contras.


jueves, 28 de abril de 2016

Metáfora.- Antón en el Limbo

La creencia cristiana asigna cuatro destinos a las almas cuando abandonan el cuerpo. El Infierno es un destino de sufrimiento y condena sin revisión para aquellas almas que se portaron rematadamente mal en su tránsito terrestre. El Cielo debe ser el destino final, también sin revisión, para las que se portaron conforme a la moral cristiana. En el purgatorio se deben situar los que se quedaron a las puertas del Cielo por un “quítame allá esas pajas” y algo tienen que penar. Aquellos que no fueron ni malos ni buenos o no tuvieron la oportunidad de manifestarse, quedan en terreno de nadie, en lo que llaman Limbo, en una especie de ser sin ser, a la espera de no se sabe muy bien qué.

Allí era donde le gustaba situarse imaginariamente a nuestro amigo Antón, porque las cosas de las maldades las rechazaba y las bondades no se las creía, se sentía ajeno a todo lo que le rodeaba. No podía ser ni malo ni bueno, de modo que no sabía quién era.

Era muy sensible a las opiniones de los demás y a la vez muy crítico con ellas. Solo se atrevía a manifestarse si percibía que era sinceramente aceptado; su derecho a existir lo ponía en manos de los demás. Por otro lado se aburría y se quejaba de que la vida le resultaba insulsa.

Como el Limbo es un lugar de estancia revisable, cumplió el tiempo en que San Pedro, auxiliado de sus ángeles, hacía sus revisiones periódicas y llegaron al expediente de una presencia imaginaria; dándose cuenta de que no tenían datos para juzgar a Antón, ya que su estancia era neutra, sin datos ni a favor ni en contra.

Hubo un cónclave de santos y ángeles y llegaron a la conclusión de que para poder opinar sobre Antón necesitaban que él permitiese que su alma se manifestase, ya fuera en lo malo o en lo bueno con hechos juzgables, pues aunque podían leer su corazón y sabían que era bueno, necesitaban saber cómo manejaría su libre albedrío en las pruebas terrenales. Como Antón ya llevaba allí mucho tiempo, le pusieron un límite para que reaccionase so pena de reencarnación en otro cuerpo que le obligaría a comenzar de nuevo, tal vez con nuevos planteamientos.

Comenzar de nuevo y volverse a situar en el Limbo, ya no le serviría, le habían pillado.


viernes, 11 de marzo de 2016

No vales nada

Claro oscuro
¿Oscuro o claro?
Un factor recurrente que provoca sufrimientos a los pacientes, es esa voz interior negativa, arraigada en lo más profundo de su ser, que en tono despectivo, les increpa ante cualquier tipo de dificultad, grande o pequeña, abatiendo su estado de ánimo y dejándolos incapacitados para iniciar cualquier acción que pudiera poner en duda su propia desvalorización, como evitando el  conflicto entre el sentimiento: -“no vales nada”- , y los hechos: –“sí has sido capaz”-.

La situación parte de un pasado en el que la valoración de los otros –“no vales nada”- fue interiorizada al punto de hacerse propia, llegando a hacerse refractaria a cualquier dato del presente que le lleve la contraria –“si has sido capaz”-.

Plantearse que el presente puede ser distinto del pasado, provoca miedo ante el posible surgimiento de una nueva identidad que pudiera reemplazar a la antigua.

El camino de ser un nuevo “otro” liberado del “no vales nada”, que tampoco será perfecto, se vive plagado de amenazas e inseguridades. Se ha de considerar el derecho a ser uno mismo compartiendo un espacio y un tiempo con los demás en igualdad de condiciones, tanto de responsabilidades, como de respeto y comprensión.

Pasar del “no vales nada” al “soy tan distinto de ti como tú de mi”, con el mismo derecho, es un cambio en la auto afirmación que no está exento de sufrimiento, pero es necesario y liberador.

jueves, 19 de noviembre de 2015

Metáfora.- Las hormigas no saben nadar.

Hormigas
Luis, mi querido Luis… últimamente estaba muy triste… Se estaba hundiendo en su baño de realidad. Ya pasaba de los 50 años, toda su vida había sido administrativo y un buen día la empresa en la que trabajaba echó cuentas y vio que por lo que le pagaba a él tendría dos o tres becarios a los que les costaría menos trabajar con las llamadas nuevas tecnologías, con independencia de si sabían o no el alcance de lo que hacían.

Subsistía con la indemnización que le dieron por despido, buscaba trabajo sin mucha esperanza. Veía la jubilación como una tabla de salvación, pese a que el Gobierno recomendaba que cada cual fuese buscando sus soluciones y que se hicieran planes de pensiones, ya que sabía que con las que el Estado iba a dar no llegaría para vivir.

Su pareja también tenía problemas y cuando le veía hundido se irritaba porque se daba cuenta de que no podía contar con él. No podían contar el uno con el otro.

Con los hijos nunca fue posible superar la barrera generacional.

Luis se aburría mucho, cada vez era menos activo; eso sí, paseaba, le gustaba hacerlo por el campo, iba solo, pues poco a poco se había ido auto marginando.

Un día, en uno de esos paseos vio un arbolito cuyo alcorque todavía estaba encharcado por las recientes lluvias y cayó en la cuenta de cómo una hormiga subía y bajaba por el tronco y por las ramas, y cuando llegaba al agua, otra vez para arriba; parecía una exploración alocada y sin sentido; “está tan atrapada como yo”, pensó. Perdió el interés y volvió a sus últimas reflexiones, esto es, a darse pena de sí mismo.

Allí sentado sobre aquella piedra, ensimismado, pasó el tiempo suficiente para que el alcorque, ayudado del sol que empezaba a calentar, absorbiese completamente el agua, y cuando volvió a mirar en busca de “su hormiga”, no la pudo encontrar, al parecer su hiperactiva compañera en cuanto la tierra se lo permitió cambió de aires sin el más mínimo comentario.

Sin quererlo volvió a la idea de “tan atrapada como yo” y de lo absurdo que le habían parecido sus idas y venidas, que acababan topando con el agua que evitaba, pues las hormigas no saben nadar. ¿Habría estado la hormiga buscando otras salidas?¿Sabría la hormiga que antes o después el charco se secaría?


Se sintió tan parado como la piedra sobre la que estaba sentado y comprendió que aunque no estaba para tantas carreras como la hormiga, tal vez podría ponerse en movimiento, aunque no tuviese muy claro hacia dónde, aunque topase con sus propias limitaciones.