Reflexiones

Entre terapia y terapia algunas veces surgen reflexiones, la mayoría se me diluyen en el tiempo, con otras hago el esfuerzo de cristalizarlas en papel. Estas son algunas de ellas...


Preguntas frecuentes (Agorafobia)

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En este vídeo trato de aclarar algunas dudas sobre la terapia de la agorafobia y de animar a comenzar la terapia antes de que los miedos se extiendan demasiado.Enlace directo:https://youtu.be/QCPI8HSNjSw



Cuaderno de catástrofes (semi-metáfora)

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enfrentarse al TOC
Luis estaba sufriendo mucho con su propio pensamiento, había sido diagnosticado de trastorno de ansiedad por hipocondría algo que no podía dejar de reconocer. No podía parar, se observaba continuamente… el pulso, el corazón, si tenía algún extrasístole, la tensión arterial, si veía borroso o veía claro. Leía sobre enfermedades, preguntaba en foros de internet y se notaba todos los síntomas asociados a cualquiera de ellas. Siempre con el miedo a morirse, siempre con el foco de su atención sobre sí mismo, preparado para ir a urgencias, donde ya era conocido. No le quedaba tiempo para otra cosa, salvo cuando realmente tenía que centrarse en una obligación como pudiera ser su trabajo. Su doloroso hobby era observarse.

Llegó al punto de tener problemas con la familia, pues no se relacionaba si no era con su tema. Su zona de confort era su sillón al lado del teléfono, preparado para marcar el número de urgencias. Estaba totalmente invadido de pensamientos catastrofistas respecto a sí mismo.

Era consciente de que la vida se le escapaba, pero no porque tuviese algún virus ni nada parecido, sino por sus eternos enfrentamientos a sus pensamientos. Trataba de razonar con ellos… que si “no sois realistas”, que si “no tenéis ninguna base solida”, que si “eso no le pasa a casi nadie”… pero contra todo argumento la catástrofe de turno le respondía “y si…” y Luis volvía a contra argumentar en un dialogo mental interminable, unas veces acompañado de sensaciones físicas y otras no. Sus esfuerzos por reasegurar su vida se iban al traste con un simple “y si…” Trataba de tomar distancia, de relativizar, pero nada. Se estaba derrumbando, se agotaba, estaba harto de tener miedo, ya había pasado por la etapa de darse pena y aunque todavía luchaba contra sus pensamientos ya solo esperaba que de una vez por todas tuviesen razón y llegara el zarpazo final, algo que casi agradecería para dejar de sufrir.

Alguien le sugirió que escribiese sus pensamientos en “un cuaderno”, porque el papel tiene la magia de sujetar los pensamientos y quitarles la voz para poder mirarlos una y otra vez con una cierta distancia.

—Le decía: No es como cuando están en la cabeza que enseguida cambian y no dejan de argumentar y de tratar de convencerte mareándote, no, el papel los atrapa y los congela con la tinta, de modo que puedes leerlos todas las veces que quieras, además un pensamiento para llegar al papel recorre circuitos neuronales distintos de los que usa para alarmar, usa menos la emoción y más la lógica. Escribir es más lento que hablar o pensar, lo que hace que un pensamiento para pasar al papel se ha de ralentizar. El cuaderno es como una cárcel para esos pensamientos recurrentes.

Úsalo diez minutos al día todos los días a la misma hora.

Una vez que hayas puesto allí los pensamientos, cuando traten de volver a llamar tu atención les puedes decir: “vuelve mañana a los diez minutos de cuaderno, hasta entonces no te atenderé”, y así le dejas bien claro que sí, que le vas a atender, pero bajo tus condiciones y cuando tú quieras, no cuando él quiera, pues tú tienes más cosas que hacer en la vida que estar atendiendo pensamientos narcisistas que solo quieren acaparar tu atención.

Poco a poco los pensamientos alarmosos se aburrieron y dejaron de llamar a su cabeza, creo que se extinguieron, y aunque siempre nacería alguno nuevo, ya sabía como tratarlos. Empezó a usar su don de la minuciosidad, su capacidad de atención para cosas más agradables como hacer maquetas, inventar máquinas maravillosas, y otras cosas.

Había conseguido ser dueño de su pensamiento.


Estrés y ansiedad

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Un nuevo post, o video sobre eso que tanto nos afecta, el estrés que acaba generándonos ansiedad...
https://youtu.be/2EyZWRD54g4 (enlace directo)





La batalla del pasillo (metáfora)

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Puertas a los problemas
Trini me contó un sueño que le tenía angustiada, hacía días que apenas dormía.

En el sueño, dentro de la que parecía su casa, se vio ante un largo pasillo con sendas puertas a izquierda y derecha, y como la curiosidad le picaba, no pudo por menos que ir abriendo las puertas e ir metiendo las narices tras aquellos cercos.

Para su sorpresa, tras la primera puerta vio, la cocina en la que trabajaba y sobre la que mandaba. Aquel desbarajuste realmente le irritaba, de modo que no dejaba de gritar a sus ayudantes, a los pinches, a los camareros y a todo el que se le acercaba. Sus nervios estaban a flor de piel, un ambiente eléctrico circulaba por toda la cocina; realmente era un milagro que los platos llegasen en buenas condiciones a los comensales. Cerró aquella puerta y sintió un cierto alivio al dejar los problemas al otro lado.

Ante la reciente experiencia, su curiosidad luchaba con su miedo. Venció la primera. Abrió la segunda puerta y allí estaba su familia. Claramente era un sueño porque su familia realmente estaba en Rumanía. Pudo ver a sus padres, ya ancianos, a los que no podía ayudar; los que echaba de menos. Su condición de emigrante le llenaba de tristeza y de una cierta rebeldía ante su situación. Se reprochaba el estar tan lejos de ellos.

La tercera puerta le miraba desafiante… Al abrirla vio a su marido que hacía su vida; cada vez le sentía más lejano, sumido en sus cosas y en sus rutinas, sin un verdadero interés en los problemas que ella pudiera tener. Quien  esperaba que fuese su compañero, su apoyo…, se aburría con ella.

Más enfadada que otra cosa, se dirigió a una cuarta puerta que abrió con cierta violencia. Asustó a su queridísima hija que estaba allí jugando con sus muñecas. Al verla, sonrió, era la alegría de su vida, la que realmente le ayudaba a soportar los sinsabores de su día a día. La felicidad fluía entre madre e hija.

De repente, una corriente de aire abrió todas las puertas y se desataron las iras de todas las furias. Discutían entre ellas, culinarias, rumanas, conyugales, y otras que no habiendo sido invitadas, aparecieron por sorpresa, como las de algunas amistades querulantes. Todo esto alcanzó e inundó los ánimos de Trini, que sin darse cuenta de dónde estaba, participó con todo su poder en la batalla del pasillo, gritando a voz en cuello, con el rostro amoratado y desencajado. Benicia, su hija, asustada rompió a llorar llamando a su madre. Trini, en el fragor de la batalla, se giró bruscamente, y sin mirar el tamaño de su repentino enemigo le escupió un destructivo: “¡Cállate!”

Ante tan desproporcionado ataque, Benicia, paralizada, sustituyó el ruido de su llanto por un incontrolable hipeo: hip, hip, hip…

Al ver a su hija en semejante estado, Trini se aterrorizó de sí misma.

— ¿Cómo he podido maltratar a mi niña ?—, se preguntaba. Consiguió calmarla y restablecer la paz entre ellas, pero no dejó de preguntarse, si no se estaría volviendo loca al haber atacado a su hija de ese modo.

Solo fue un sueño; un sueño angustioso que le quitó la paz durante muchos días.

Poco a poco fue viendo el conjunto de su vida y el significado que aquel sueño podía tener para ella… Se habían escapado los problemas de todas las habitaciones, y discutían los unos con los otros….Trini, era el único punto en común de todos ellos, y se puso a discutir con todos a la vez…, agrediendo sin querer a quien más quería. Estaba claro que no tenía fuerzas para hacer frente a tantas puertas gritonas.

Se daría un tiempo y trataría de arreglar aquellos desaguisados de uno en uno, pues como cocinera que era, sabía que había buenas y malas mezclas.

Lo mejor sería ir puerta por puerta.



Creencias y consciencias

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Lo más frecuente es encontrar al paciente “agarrado a un diagnóstico”, recibido o autogenerado, porque al darle nombre a lo que le pasa siente un alivio, ya que no le pasa solo a él, y eso le da una esperanza de que haya una solución. Viene cargado de creencias, con la subjetividad a flor de piel.

Las creencias se forman en el seno de la familia y van saltando de grupo en grupo hasta extenderse por toda la sociedad. Son muy poderosas; se puede enfermar por creencia y creo que el vudú puede ser un buen ejemplo, y también creo que se puede sanar por creencia como la Fe en la Virgen de Lourdes.

Hipócrates, basándose en la observación dijo, entre otras muchas cosas:
- “Es mucho más importante saber qué persona tiene la enfermedad que qué enfermedad tiene la persona”.
 - “Sólo existen dos cosas: ciencia y opinión. La primera engendra el conocimiento; la segunda, la ignorancia”.

Solo conociendo a la persona, sus opiniones, sus creencias, el cómo se posiciona en su mundo, podemos acercarnos a la enfermedad.

En cuanto a lo segundo, cualquiera puede constatar que la opinión requiere menos esfuerzo que el saber científico. Sucede que la opinión de muchos puede llegar a ser la guía de  nuestra forma de vivir “creemos en lo que sabemos porque sabemos en lo que creemos”, con la Fe del carbonero. Somos seres sociales, es nuestra condición…

Galeno puso en relación el cuerpo con las facultades anímicas o sentimientos, anticipando la psicosomática.

Desde entonces la interacción mente cuerpo fue apartada poco a poco como objeto de estudio de la medicina. El cuerpo quedó bajo el dominio de la medicina, y el alma fue pasando de los sacerdotes a los filósofos, y una vez convertida en afectos capaces de trasformar el funcionamiento corporal, se reparte entre psicólogos, psiquiatras y nuevas familias que reclaman su parte del trabajo.

Hoy se considera la interacción entre lo biológico, lo psicológico y lo social, esto es, lo biopsicosocial como explicativo de la salud ser humano, aunque a mi modo de entender falta un elemento clave, un cuarto eje para que la persona se empodere de su salud, y es la CONSCIENCIA de sí mismo en relación a su entorno, a su proceso vital, a sus formas de enfermar y como lo conjuga con sus creencias y sus actitudes.

Nos preguntamos:
¿Cómo es posible que algo de lo que no soy consciente haga que me maree?
¿Por qué llego a paralizarme ante la idea de salir a la calle?
¿Por qué tengo miedo a pedir lo que es mío?
¿Por qué no puedo hablar en público?
¿Por qué tengo que controlarlo todo?
¿Por qué me angustia todo?

La consciencia es algo que surge de dentro de uno mismo, puede ser un insight, un repentino ver dentro de mí, como: ¡Ah, entiendo! O poco a poco relacionando unos datos con otros. Por ejemplo, por más que me digan que NO todas las ranas son verdes, no daré importancia al detalle hasta que eso sea significativo para mí. Conozco a una persona que hasta que no le diagnosticaron una diabetes, “no se dio cuenta”, hasta que le fue significativo, de que mediante el ejercicio tenía el control de su salud en sus manos. Necesitó un problema para descubrir lo obvio, para prestar atención y desarrollar su consciencia en esa área.

Cuando vas al psicólogo (o psicóloga) después de que los médicos hayan descartado toda causa orgánica, aunque no lo sepas, lo que estás haciendo de algún modo es pedir ayuda para entender o hacer algo con lo que te pasa, para incrementar tu nivel de consciencia, aunque al principio es una petición inconsciente. Te sientes mal y quieres cambiarlo. Lo normal es que tengas prisas por mejorar. Hay procesos de enfermar que se gestan durante años, su solución puede ser sencilla, pero también puede que requieran tiempo para deshacerse. Se espera que el tiempo de duración de la terapia no sea el mismo que el de la historia de la dolencia, que sea notablemente más corto. Cuanto antes se empiece mejor.

Cuando permitimos que el terapeuta “nos vea” a través de su mirada podemos vernos y entendernos mejor. El psicoterapeuta está entrenado para ver, sentir y poner ante nuestra mirada aquello que tal vez ha estado mucho tiempo oculto generando mal estar. No es un gurú ni un mago ni un chamán, no es una persona que ayuda gratis, como me dijeron no hace mucho; es un profesional que vive de su trabajo, como tú del suyo. No es un trabajo de carpintería (noble arte), es un trabajo con una dimensión humana fundamental que precisa empatía y confianza, además del conocimiento de los procesos humanos y formas de llegar a lo individual, a lo que te ocurre a ti y solo a ti, por mucho que se parezca a lo que les ocurre a otros.

El pescador (metáfora)

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metáfora sobre el duelo
Hace mucho mucho tiempo, vivía Efrén con su mujer Noemí y sus dos hijos en la casa de su padre Uriel, una humilde casita de pescadores en los arrabales de Cafarnaúm junto al lago Tiberíades de Israel.

Vivía la familia de la pesca de Uriel y su hijo, como la mayoría de sus vecinos. Pescaban por las noches, atrayendo los peces a la luz de las teas embreadas.

Aquella noche soplaba una suave brisa sobre el agua que empujaba la vela lago adentro; nada presagiaba lo que ocurrió después, y es que inesperadamente el viento arreció, la luna quedó oculta tras las nubes y empezó a descargar una terrible tormenta. Las teas se apagaron, las aguas se encresparon. Efrén iba al timón y Uriel fue a recoger la vela para no zozobrar. Apenas se veía a dos brazos de distancia. Aquello fue intenso, pero breve, poco a poco las aguas se fueron calmando.

Uriel no veía a su padre, comenzó a buscarle por el suelo de la barca que no era grande. Su alarma y desesperación se dispararon. Miró al agua, le llamó, grito... Solo le acompañaban el movimiento de la barca y el golpear de la vela recogida contra el mástil. No pudo encender las teas, todo estaba empapado. Esperó al amanecer con la esperanza de que estuviese cerca agarrado a alguna de las cajas que cayeron por la borda. No vio nada.

Extendió la vela para volver a puerto con la esperanza de hallarle allí.

Encontró a su familia y a sus vecinos preocupados. No podía creer que su padre no estuviese allí.

Tras el shock inicial empezó a rumiar ideas acerca de lo que había pasado, culpaba a su padre de no haberse atado a la barca, de no haber tenido cuidado, se culpaba a sí mismo de haberle dejado hacer la peligrosa tarea de arriar la vela en esas circunstancias, culpó a Yavé de haberles mandado semejante tormenta sin motivo, pues ellos de puro humilde no podían haber hecho mal a nadie ni queriendo. Sintió ira y rabia por todo lo ocurrido.

Deseaba que su padre apareciese vivo, para ello estaba dispuesto a lo que fuese, a dar su vida a cambio, rezaba, negociaba con Yavé su comportamiento futuro a cambio de la vida de su padre, porque no solo era su padre, era su maestro, su guía, su consejo. Hasta ahora no se había dado cuenta de todo lo que era su padre.

A los dos días unos vecinos vieron el cuerpo de Uriel flotando cerca de la costa.

Efrén lloró todo aquel día, y después entró en un estado de estupor con la mirada perdida sobre las aguas. Estuvo así mucho tiempo, con una profunda tristeza que apenas le permitía respirar, no comía, apenas se movía, más que dormir, se ausentaba mentalmente, la cercanía de su mujer y de sus hijos que antes le alegraba ahora le dejaban indiferente.

Empezaron a vivir de la caridad de los vecinos, pues Efrén no salía a pescar.

Los vecinos pasaron de tener compasión a sentirse molestos y después enfadados, pues no entendían como seguía así mientras ellos alimentaban a su familia. Poco a poco se fueron alejando…

Efrén, desde el rincón en el que estaba agazapado, vio a su mujer y a sus hijos llorando abrazados entorno al fuego de la cocina vacía, y supo que su padre nunca hubiera permitido que él pasase hambre pese a lo pobres que eran.

A la noche cargó la barca con la red y las teas, saldría solo, lo haría como le había enseñado su padre, como no tardando mucho podría él enseñar a su hijo mayor. Sabía que su familia le esperaba.

Agorafobia y su tratamiento

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Más allá de los síntomas que se pueden especificar y que encontramos en los manuales de diagnóstico, me parece ver en el paciente el convencimiento de su incapacidad de hacerse cargo de sí mismo en determinadas circunstancias.

Sus miedos, pueden estar apoyados en sus vivencias o en su imaginación, y ser de largo recorrido, o sea, que han ido instalando de manera insidiosa a lo largo de muchos años de auto desconfianza. Al principio pudo sentirse sorprendido por una situación nueva, sentimientos y sensaciones desconocidas que tuvieron como resultado preocupaciones y dudas sobre sí mismo, que le fueron retirando de las cosas que hacía habitualmente.

Esas sensaciones desconocidas, después de descartar cualquier causa orgánica, suelen tratarse con ansiolíticos, lo que en el mejor de los casos deja larvado el problema, solo se  trata el síntoma.
El paciente necesita ser escuchado profundamente. En consulta, su primera sorpresa es que otro le escucha, y la segunda sorpresa es que puede hablar. Son demasiadas personas ya las que han opinado sobre lo que le pasa, y muy pocas le han escuchado.

Las imágenes son muy poderosas y esta es una de las suelo usar para explicar que es lo que va a ser la terapia: “Imagínate que estamos ante un problema que tiene forma de ovillo, un ovillo de lana de muchos colores, del que asoman  varias puntas. Lo que vamos a hacer es ir tirando de cada una de esas puntas. Las que vayan cediendo primero, y poco a poco, iremos aflojando el ovillo, unas cederán más y otras cederán menos. Hasta que al final tengamos todas las hebras sobre la mesa. Cuando tengamos las hebras ya veremos qué hacemos con ellas.”

Tenemos que tener una perspectiva. Lo importante no ha sido tanto deshacer el ovillo como ver qué es lo que podemos hacer con él, verlo en perspectiva y qué es lo que puede significar para nosotros.

Necesito saber cosas de mi paciente, pero lo más importante es el proceso que usa el paciente para darme esa información que él ya conoce. Cuando tiene que acceder a ella, el paciente reelabora la información y al reelaborarla se da cuenta de cosas que tal vez antes no había visto; lo hace para que yo lo entienda, pero al explicarse para mí también se explica para sí mismo. Estamos en la diada terapéutica. Suelo decir que cada vez que se saca una foto de la caja, la caja donde están las fotos del recuerdo, la vemos, la miramos y nos causa unas sensaciones y unos sentimientos, y cuando la volvemos a dejar, esa foto nunca va exactamente al mismo lugar de la caja donde había estado, nunca nos despierta siempre los mismos sentimientos, porque cada vez que la vemos entra en juego la subjetividad. Esta subjetividad hace que las cosas cambien.

Hace mucho que aprendí a dejarme llevar, sin perder consciencia de lo que pasa ni mi capacidad de elección. Esto me es muy útil para acompañar a los pacientes y señalarles caminos que pueden tomar no, según sus decisiones.

La cuestión es que vaya tomando confianza en sí mismo y se atreva a “ser”; aquí es donde mi trabajo encuentra su utilidad.

Por la desconfianza en sí mismo, el agorafóbico necesita atarse a muchos cabos, estos cabos son los mismos que le impiden moverse, y puede que incluso no pueda venir a consulta.
Si no puede desplazarse, la alternativa que nos queda es el teléfono. Yo no soy partidario de la videoconferencia, por su inseguridad y porque no siempre es accesible a todo el mundo y aunque la imagen puede dar información, resta atención al discurso.

Por contraste, además del mensaje trasmitido, en el teléfono se oyen los tonos, los cambios, la velocidad y el ritmo de la palabra; los silencios, su duración, la forma de romperlos; el estado de ánimo, la respiración, la fluidez y la riqueza del discurso. Hasta se pueden sentir los “insight”, y si se tienen dudas, pues siempre se puede preguntar.

Cuando le pido una sugerencia al paciente sobre algo que él cree que puede hacer, lo hago porque sé que todo ha de partir de él. Hay que saber dónde se atreve a situarse. Conviene que tome conciencia de sus posibilidades y que se comprometa con ellas. Él es la medida de todas sus cosas, y conforme avance, se irá empoderando…,  que de eso se trata.

De momento nada más. Un saludo. Muchas gracias.

"Trucos" para la agorafobia

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Antes de nada, aclarar que cuando hay síntomas físicos, lo indicado es acudir al médico, y cuando este descarte etiologías orgánicas, es el momento de plantearse acudir al psicólogo o al psiquiatra porque lo más probable es que estemos ante un problema psicosomático.

Ante cualquier problema se demanda una solución inmediata, no importa que el problema tenga años de historia. Un joven recién salido de la adolescencia me preguntaba por el “truco” para ligar. Otro, no tan joven, quería no ponerse nervioso nunca y también pedía que le vendiera el “truco”. Trucos para la ansiedad, para dejar de fumar,… para todo lo imaginable. Pareciera que los trucos debieran ser las “pastillas” de los psicólogos.

Si conseguimos superar la frustración que suele producirse en la primera sesión por el choque entre las expectativas y las posibilidades, lo que puede ir surgiendo al hilo del desarrollo de la psicoterapia son sugerencias motivadas (“trucos”). Me explicaré mejor con ejemplos...

Dos trucos para el ataque de pánico:
En el ataque de pánico, los pacientes se aterrorizan porque en determinados momentos tienen la sensación de no poder respirar, de que les falta el aire, de que no pueden hinchar plenamente los pulmones. Esto se acompaña de un desequilibrio en los gases de respiración, demasiado CO2 y sensaciones que les alarman.

Tratan de solucionarlo forzando una respiración torácica, es decir, introducir aire en los pulmones a fuerza de mover las costillas, pero la ansiedad, los famosos “nervios”, deja la caja torácica como bloqueada, como que no se mueve o lo hace muy poco, dando la sensación de que no se puede respirar. Si se hiciese una respiración diafragmática, subiendo y bajando el estómago, no importaría si las costillas se mueven o no.

En la respiración intervienen en distinto grado, tanto un tipo de respiración como el otro. El caso es que pocas personas tienen conciencia de su respiración diafragmática, y en la angustia de la supuesta asfixia no es el momento para aprender, y menos acuciados por una taquicardia galopante.
El miedo puede bloquear y suspender toda actividad, incluso la de respirar, entrando de ese modo en un bucle, la sensación de falta de aire dispara el miedo y este el bloqueo.

La paradoja es que la causa por la que se requería más oxigeno para ejecutar no se sabe qué acción, queda oculta tras tanto síntoma.”¿Qué fue lo que me asusto?”

─“Truco” para la sensación de asfixia:
Respirar por la boca, despacio, y tomando pequeños “traguitos o chupitos de aire”, sin prisas, para sobrevivir e ir viendo que sigues respirando. Llegará el momento, cuando menos te lo esperes, esto es, cuando te relajes un poco, en el que verás como vuelves a tener la sensación de plenitud en los pulmones. No tengas prisa.

 Aquí hay que aprovechar para hacer ver que normalmente no respiramos “a pleno pulmón” y no nos preocupa porque confiamos en nuestros automatismos corporales, hasta que el miedo nos quita la confianza en nuestro cuerpo y pasamos a vigilarlo para no perdernos la más mínima pulsación, no vaya a ser que esa sea la última. Y a más vigilancia, más angustia, inevitable.

Otras veces lo que asusta es la sensación de mareo, de despersonalización...

Lo contrario del bloqueo respiratorio es la hiperventilación, las causas son similares a las del bloqueo respiratorio, situaciones temidas, rechazadas o la anticipación de las mismas. El miedo, antes bloqueaba (asfixia), ahora prepara al cuerpo para la acción, oxigenando más la sangre, aumentando la frecuencia respiratoria y la cardiaca.

Si el miedo no sigue su curso con una respuesta, ya sea correr, atacar u otra cualquiera,  la química de nuestro cuerpo queda alterada, hemos tomado demasiado oxígeno para nada, y nos sentimos mal. En la consulta es muy fácil de demostrar a los pacientes, les pido que hiperventilemos a dúo…, y nos mareamos. La conciencia de la situación para la que se estaba preparando nuestro cuerpo no aparece, pero sí la del mareo que se produce con una respiración alterada, excesiva; una hiperventilación.

Contrariamente a la situación anterior ahora el equilibrio se rompe por la abundancia de oxigeno.

─“Truco” para la sensación de mareo:
Respirar despacio, o respirar con la nariz y la boca dentro de una bolsa de papel, o respirar en el hueco de las manos sobre la nariz y la boca. Así introducimos menos oxigeno y nos vamos calmando.


Solución: Investigación de la idiosincrasia del paciente, descubrimiento y toma de conciencia de las verdaderas causas, aceptación, búsqueda de soluciones y práctica antes de las dificultades. Resumiendo, psicoterapia.


Terapia... lo difícil siempre es empezar

Ellos) - Hola, buenas tardes.

Ψ) – Buenas tardes, ustedes dirán que les trae por aquí.

Raíces al descubiertoMadre) - Es por él, está deprimido, está de baja y no sale de casa, últimamente está mucho peor, las pastillas prácticamente no le hacen nada. La psiquiatra le ha dicho que le vendría bien hacer terapia con un psicólogo, pero en la Seguridad Social tardan mucho en dar cita. Tendría que contar todo lo que le pasó de pequeño y luego todo aquello con su ex mujer y sus hijos, que eso si que fue gordo, y mire que se lo advertí: “¡que esa mujer no es buena!”, y él erre que erre, hasta que acabó como yo sabía que acabaría, eso sí que es de psicólogos; siempre se ha complicado mucho la vida, y ahora es que no levanta cabeza, y yo le tengo dicho: ¿por qué no pides ayuda?,…vamos a que te vea alguien, porque no puedes estar todo el día en casa sin hacer nada; tendrías que buscarte algo que hacer, un curso de escribir o de pintura ¡o yo qué sé de qué!; salir por las mañanas y así me dejarías hacer la casa, porque hijo, por más que quieras ayudar en el fondo eres un estorbo, porque sacándote del dichoso ordenador, no sirves para nada, y ahora ni lo tocas, … ¡si es que ni los amigos te aguantan!.

Ψ) – ¿Y usted que cree que le pasa?

Hijo) - Lo que diga ella.

Ψ) – Bien, pues si le parece me lo trae el jueves a las seis para que empecemos unas sesiones individuales, en las que él irá hablando de lo que quiera hablar, y poco a poco usted verá como va cambiando.

Madre) - Bueno, ya veremos. Porque no estamos para gastar dinero en tonterías.

Ψ) – Como ustedes quieran…


Metáfora: La protesta del camino

crecimiento personal, psicoterapia, psicología, hipnosisVivía en lo que llamaban “El Mundo”, en donde se sentía amenazado, tanto por lo cotidiano como por el incierto futuro. Una diversidad cambiante presionaba sobre su ser, sobre la barrera que le separaba y diferenciaba de los demás, pujando por invadirle, obligándole a defenderse.

La presión era como un tsunami que impulsaba las aguas por encima de la costa hasta los valles de su ser, llenándolos con porquería ajena, con demandas inesperadas, rompiendo sus esperanzas de paz y sosiego.

Se había ido replegando bajo su piel. En su imaginación recorrió todos sus músculos, centrándose en relajarlos…, aflojarlos…, desconectando del mundo. Con los ojos cerrados contemplaba su bóveda craneal, oscura y serena. Se sentía cual nonato que flotara en la seguridad del vientre protector de su madre.

Observaba su propia respiración, cada vez más serena y tranquila, automática. Abandonado a la ligera pesadez de su cuerpo, a su paz interior.

Fuera habían quedado los problemas, las angustias, las amenazas. Sabía que no habían desaparecido, que antes o después tendría que hacer algo, o no; pero ahora se estaba tomando un descanso…, respiraba…, desconectaba…

Se sumió en una reflexión de lo que había sido su vida, sobre las decisiones que había tomado y sobre los caminos equivocados.

De repente un camino airado se levantó serpenteante ante él provocando una nube de polvo. Le miró a los ojos y le dijo:Los caminos jamás nos equivocamos, sencillamente os llevamos donde queréis ir, ¡desagradecido!

Absorbió la profunda mirada, y sin luchar con ella fue dejando que se acoplase en su interior como parte de sí mismo; poco a poco fue sintiéndose más cómodo. Empezaba a amar su camino tal como era, con sus partes fáciles y difíciles; sin él no habría llegado donde estaba. Ahora sabía que cada vez que levantase un pie para dar un paso, él estaría allí para darle soporte, para unir su pasado con su futuro, como lo había hecho durante toda su vida, siempre atento a sus elecciones.

Volvió de su retiro interno sereno y centrado, con la determinación de mirar directamente a cada una de sus dificultades, empezando por las más pequeñas para entrenarse; dispuesto a hacer algo, aunque no sabía muy bien qué; a tomar las riendas de su vida aunque no sabía muy bien cómo, cargado de compasión para sí mismo y para con los demás.


Metáfora: Elucubraciones

autoestima, crecimiento personal
Estaba en aquel magnífico salón minimalista mirando la valla del jardín a través de la amplia cristalera.

Era una urbanización de chalecitos muy tranquila. La criada le había dicho que esperase allí, el señor tardaría un poco.

D. Teodoro era su profesor preferido, tal vez porque siempre fue muy considerado con él y le animó a estudiar. Dirigió su doctorado y le llevó de ponente a varios congresos. Juntos organizaron varios seminarios.

En su interior le consideraba como al padre que nunca tuvo. Aquel día se acercó a su casa con el pretexto de consultarle sobre un proyecto, pero la verdad era que quería estar un rato con él.

Empezaba a tardar, se entretuvo ojeando un libro. La tarde se fue haciendo noche y no aparecía nadie.

Vio salir a la criada. La casa estaba a oscuras, salvo el salón. ¿Se habrían olvidado de él? ¿Le habían dejado solo?

Poco a poco empezó a captar el mensaje… su profesor no debía sentir por él nada parecido a lo que él deseaba… -¿Tan poca cosa soy que me han abandonado? ¿Debería haber llamado antes de venir?- Se dijo.

Avergonzado y humillado salió de la casa por una ventana, pues habían cerrado la puerta con llave. Saltó la valla y comenzó a caminar. Le venían a la memoria los momentos en los que se había sentido rechazado; le inundaba la tristeza. De nada le servía decirse que él también había rechazado a otros, que la vida es “un toma y daca”.

Recordó la oración de F. Perls “Yo no estoy en este mundo para satisfacer tus expectativas, tú no estás para satisfacer las mías, si nos encontramos puede ser maravilloso; si no, también…”; ¡mierda de Perls! ¿Quién era tan maduro para aguantar aquello? Desde luego él no. Estaba jodido y punto. Se sentía dolido y ridículo. Había dado por supuesto que su profesor también sentía algo por él, pero lo sucedido le decía lo contrario…


A los tres días recibió una nota que le llenó de sentimiento contradictorios, decía:

“Querido Juan, he sabido por mi asistenta que estuviste en casa esperándome. Te ruega que la disculpes por haberte dejado encerrado. Se puso muy nerviosa cuando le dijeron que me acababan de ingresar por un infarto y salió corriendo para venir a verme sin acordarse de que estabas esperándome. Tan pronto como me suelten te llamo y hablamos. Un fuerte abrazo. Teodoro”

Metáfora: Reparto de carne

metafora reparto de carne
El pueblo de los abuelos
Luis vivía en una estresante ciudad en donde tenía un trabajo de silla y ordenador que le exigía casi todo su tiempo. Trabajaba en casa, muchos días no salía, o a lo más bajaba a la panadería: -Una barra por favor. Gracias – podía ser su conversación más larga.

No quería seguir así, se ahogaba andando, le costaba respirar, su enorme barriga le dificultaba mucho atarse los cordones de los zapatos. Los médicos ya le habían dicho que tenía que perder peso pero se sentía atrapado en sus rutinas. Necesitaba un cambio de aires; su vida le estaba matando.

Se fue a vivir a la casa del pueblo de sus difuntos abuelos, como primer cambio de los que tendría que hacer, aunque de momento no sabía muy bien cuáles serían. Había roto con su trabajo y necesitaba ocuparse en algo.

En la carnicería cercana a su casa le ofrecieron hacerse cargo del reparto de los pedidos, – ¡Eso sí que es un cambio! - se dijo a sí mismo, pero de momento  no había otra cosa.

La mayoría del casco urbano lo habían hecho peatonal, los turistas estaban encantados, pero a él las posibilidades para hacer su reparto se reducían a dos, hacerlo en bicicleta o andando; con su peso no se atrevía a intentar lo de la bicicleta.

Los pedidos para repartir ya estaban preparados a las 10h., y él, buen conocedor del pueblo en el que había pasado tantos veraneos, se planificaba bien su ruta. Los primeros días repartió cargando las bolsas a mano, tenía que parar de vez en cuando para recuperarse y tardó muchísimo en hacer los repartos. El ejercicio y el sol de justicia de aquel pueblo manchego le hacían empapar su frente, su espalda, sus sobacos, su cintura…,”chorrrreaba”.

De no haber sido porque estaba trabajando, de buena gana se hubiera bebido un par de dobles de cerveza, pero su ética le refrenó.

Los clientes, sobre todos los del final de la ruta, se le quejaban al carnicero de que sus pedidos les llegaban menguados de peso, se veía que habían escurrido jugo en el trayecto, y el carnicero les respondía con sorna – ¡Pues no sabes cómo me vuelve el repartidor! -

La necesidad llevó a su mente la idea de ayudarse de un carrito en su reparto. La cosa mejoró bastante, el trabajo se alivió, la caminata resultó más ligera.

A Luis el trato con la carne se le hizo desagradable y lo que menos quería era encontrársela en su comida. Por fortuna para él aquel pueblo tenía una buena vega y muy ricas verduras, hortalizas y legumbres, casi se hizo vegetariano, salvo por el pollo y algo de pescado.

Su forma de comer cambió, le seguía costando alejarse del azúcar, pero aprendió el truco de acordarse de los problemas que tuvo su madre con la diabetes para alejarse de ella.

Se volvió responsable en su forma de comer.

Pudo encontrar otro trabajo mejor, y aprendió que debía evitar a toda costa volver a ser tan sedentario como antes, ya no dejaría de andar, aunque ahora por gusto.

Como sabía que era olvidadizo se ayudó de un aparatito que llevaba siempre y le informaba de su actividad, para saber si estaba cumpliendo su objetivo de ejercicio o debía corregirse.

Al cabo de tres meses de disciplina pudo decir con gozo:

¡Ya me puedo atar los cordones de los zapatos!


Metáforas


El uso de las metáforas en psicoterapiaLas metáforas son historias que ponen en relación ideas, pensamientos, significados, emociones… Pueden ser sensibilizadoras y/o activadoras, y que lo sean más o menos, dependerá  de la cercanía al ideario del destinatario.

Semejanza, interacción y sustitución de elementos son el andamiaje de las metáforas.

Vivimos inmersos en una “gran metáfora”. Las noticias que nos llegan del mundo, cuanto más lejano al nuestro, menos semejante nos parece, menos nos sensibiliza y menos nos activa. La proximidad favorece la identidad, la lejanía la diferencia.

Los libros, los cuentos, los chistes, las fábulas, las historias del barrio, las patrias y los libros sagrados desprenden sugestiones, a veces imperativas como mandatos que educan, estructuran, orientan y señalizan valores, ofrecen una visión del mundo. Bullimos con lo que nos bullen.

Con lo que nos rodea construimos nuestra visión del mundo y sobre nosotros mismos. No es raro que este constructo llegue a hacerse doloroso e insalubre.

Se hace necesaria entonces una contra metáfora sanadora, que ofrezca una visión del mundo vivible, alternativas posibles al alcance del sufriente.

Aprendemos imaginando. No podemos dejar de usar imágenes, aglomeradas en conceptos, ni aunque nos digan que no lo hagamos:

       “No pienses en un elefante verde”….

Las metáforas se construyen con los mismos ladrillos que se usan en la vida común: la imaginación, la semejanza, la suposición, la simplificación… Pueden ser escritas o narradas. La narración, si consigue transmitir emoción y veracidad se acepta más fácilmente.

La efectividad de la metáfora va a depender del narrador, del oyente y de sus circunstancias.

Las circunstancias referidas a la vivencia del oyente, su problemática, sus necesidades e incluso su relación con el narrador.

El oyente aporta su disposición, su interés, su atención, su implicación, que se verían favorecidos por una bajada de nivel de su alerta defensiva, para lo que podría ayudarse de la hipnosis o al menos de la relajación.

El narrador ha de considerarse a sí mismo como parte de la ecuación que considera tanto al oyente como a sus circunstancias y elegir la metáfora que mejor  pudiera ayudar en la producción de un “insight”  sobre la problemática a resolver.

Las metáforas las hay generales como las que se pueden encontrar en los libros, o hechas a medida del que escucha. Ambas pasan por el filtro interpretativo del destinatario.

En este blog voy colgado metáforas originales que hice a medida de unas personas, por si pueden ayudar a otras.

Habrá quien piense que con una metáfora no se mueve nada, “pero se mueve”.


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Sobre metáforas:
“Guiones y estrategias en hipnoterapia” de Roger P. Allen
“El empleo de metáforas en psicoterapia – 101 Historias Curativas” de George W. Burns
“La magia de la metáfora” de Nick Owen
“Para la mujer -50 ejercicios de sofrología” de Dr. Jean Audouin y Joëlle Souffir
Fábulas, de Esopo; de Félix M. Samaniego,…

Infinidad de cuentos…

Metáfora: El fantasma novato

Blumbín era un fantasma joven y travieso, del clan de “Los Pavorosos”. El “Don” familiar, consistía en meterse en la imaginación de la gente y hacerles ver lo que no existía, y sobre todo hacerles sentir “MIEDO”, mucho miedo.

También se les conocía como “La saga del miedo”; su tatarabuelo había llegado a ser cinturón negro, 8º Dan en la disciplina de asustar; incluso su propia familia temblaba al pronunciar su nombre, lo evitaban refiriéndose a él como al “Tatarabuelo”.

El catálogo de miedos de este clan era extensísimo: a estar solo, a la gente, a morirse, a las enfermedades, a una infinidad de animales, a tener que hablar en público, a lo que pensasen los demás, a ser abandonados, a no saber valerse por sí mismos, a ser perseguidos, a no hacerlo bien en la cama, a perder el control y volverse loco. Una de sus especialidades era crear miedos a la carta, según el historial de la víctima elegida.

Como actores eran maravillosos, disponían de cantidad de máscaras terroríficas, trajes, abalorios, puestas en escena y efectos especiales jamás igualados por ningún coreógrafo. Competían entre ellos para ser los que más asustaban, y lo disfrutaban.

Necesitaban saber que captaban la atención de sus víctimas, que conseguían asustarlas de verdad: sus taquicardias, sus ahogos, sus dolores de tripas; ver cómo se quedaban paralizadas les llenaba de orgullo. Contaban sus hazañas en las reuniones del clan y todos lo pasaban bien.

De vez en cuando alguno de ellos, se topaba con que había elegido por víctima a alguien más difícil de lo normal; que le miraba a la máscara y aunque por la taquicardia se podía ver que miedo sí que tenía, le aguantaba la mirada. Eso le pasó a Blumbín cuando quiso asustar a Carlos...

B)  “Que te vas a morir, que te vas a morir”

C)  ¡Fuu, que miedo! (taquicardia, ahogo)… pero si yo me muero te vas a tener que buscar otro al que asustar.

B)  (¡Vaya, me salió respondón!) “Que te vas a morir, que te mueres, que te mueres”.

C)  Mira, déjame en paz, eres muy monótono.

B)  (¡Que corte!) ¡Oye que te vas a morir!

C)  (Ni caso) A ver, yo lo que quiero es preparar una paella para mis invitados, así que…

B)  Pues sin público yo no trabajo, que vergüenza si se enteran.


Blumbín al día siguiente, herido en su amor propio volvió a la carga:

B)  Ese dolorcillo en el pecho seguro que es un cáncer mortal, los médicos no saben nada de nada ¡Te vas a morir!

C)  ¡Fuu! ¡Que susto! (taquicardia, ahogo, mareo, miedo). Ya sé, tú eres el pesado de ayer ¡Déjame en paz!

B)  (Otro corte, que vergüenza, será mejor que haga mutis por el foro.)


Al día siguiente el fantasma reapareció:

B)  (Pues no me resigno) ¿Qué raro que estés vivo con esas toses? Te habrán dicho que es alergia, pero es que te estás muriendo.

C)  (No puedo evitar asustarme cuando viene, pero voy a hacer que no le oigo).

B)  ¡Oye, que te estoy hablando cara muerto!

C)  No sé si acercarme a la taquilla a por las entradas o sacarlas por internet. Total me pilla de paso…

B)  ¡Que manera de ignorarme! ¡Esto no me había pasado nunca! Tendré que consultar con los ancianos.


El Consejo de Ancianos, por medio de su portavoz, le hizo saber que de cuando en cuando entre las víctimas surgía algún respondón, alguien que recibía ayuda de alguna fuerza misteriosa y se les resistía; hasta el Tatarabuelo tuvo que pasar por ello. Debía intentarlo un poco más y más espaciado en el tiempo, a ver si le pillaba por sorpresa y conseguía hacerse con su atención para seguir con su mascarada.

Así lo hizo, pero a cada intento sentía en su propia bruma la dureza de que “no hay mayor desprecio que no hacer aprecio”.

Carlos se había dado cuenta de que Blumbín necesitaba de su miedo para seguir existiendo, así que decidió cortarle el grifo y sin atención Blumbín se aburría, así que se marchó.