Reflexiones

Entre terapia y terapia algunas veces surgen reflexiones, la mayoría se me diluyen en el tiempo, con otras hago el esfuerzo de cristalizarlas en papel. Estas son algunas de ellas...


jueves, 19 de noviembre de 2015

Metáfora.- Las hormigas no saben nadar.

Hormigas
Luis, mi querido Luis… últimamente estaba muy triste… Se estaba hundiendo en su baño de realidad. Ya pasaba de los 50 años, toda su vida había sido administrativo y un buen día la empresa en la que trabajaba echó cuentas y vio que por lo que le pagaba a él tendría dos o tres becarios a los que les costaría menos trabajar con las llamadas nuevas tecnologías, con independencia de si sabían o no el alcance de lo que hacían.

Subsistía con la indemnización que le dieron por despido, buscaba trabajo sin mucha esperanza. Veía la jubilación como una tabla de salvación, pese a que el Gobierno recomendaba que cada cual fuese buscando sus soluciones y que se hicieran planes de pensiones, ya que sabía que con las que el Estado iba a dar no llegaría para vivir.

Su pareja también tenía problemas y cuando le veía hundido se irritaba porque se daba cuenta de que no podía contar con él. No podían contar el uno con el otro.

Con los hijos nunca fue posible superar la barrera generacional.

Luis se aburría mucho, cada vez era menos activo; eso sí, paseaba, le gustaba hacerlo por el campo, iba solo, pues poco a poco se había ido auto marginando.

Un día, en uno de esos paseos vio un arbolito cuyo alcorque todavía estaba encharcado por las recientes lluvias y cayó en la cuenta de cómo una hormiga subía y bajaba por el tronco y por las ramas, y cuando llegaba al agua, otra vez para arriba; parecía una exploración alocada y sin sentido; “está tan atrapada como yo”, pensó. Perdió el interés y volvió a sus últimas reflexiones, esto es, a darse pena de sí mismo.

Allí sentado sobre aquella piedra, ensimismado, pasó el tiempo suficiente para que el alcorque, ayudado del sol que empezaba a calentar, absorbiese completamente el agua, y cuando volvió a mirar en busca de “su hormiga”, no la pudo encontrar, al parecer su hiperactiva compañera en cuanto la tierra se lo permitió cambió de aires sin el más mínimo comentario.

Sin quererlo volvió a la idea de “tan atrapada como yo” y de lo absurdo que le habían parecido sus idas y venidas, que acababan topando con el agua que evitaba, pues las hormigas no saben nadar. ¿Habría estado la hormiga buscando otras salidas?¿Sabría la hormiga que antes o después el charco se secaría?


Se sintió tan parado como la piedra sobre la que estaba sentado y comprendió que aunque no estaba para tantas carreras como la hormiga, tal vez podría ponerse en movimiento, aunque no tuviese muy claro hacia dónde, aunque topase con sus propias limitaciones.


lunes, 2 de noviembre de 2015

¿Cual es el precio de la consulta del psicólogo?


¿Cual es el precio de la consulta del psicólogo?
El título de esta entrada plantea una pregunta frecuente.

La relación entre el psicólogo y el cliente/paciente ha de ser una relación profesional pagada, parece obvio.

¿Pero cuanto se ha de pagar? La respuesta inicial sería, la tarifa del psicólogo.

¿De forma inapelable? Veamos algunos casos antes de responder.

a)  A mediados de los 90, una señora se personó en el Teléfono de la Esperanza para ser atendida psicológicamente. El servicio era gratis y se reservaba para quien no pudiera pagarlo. En este caso la incoherencia que saltaba a primera vista era que la señora sí podría pagarse un psicólogo, a juzgar por el peso del oro que llevaba encima. Hubo que indicarle la conveniencia de que buscase un colega en el ejercicio libre de la profesión; por entonces no estábamos en la Seguridad Social, ahora sí, pero poco.

b)  Después de estar ejerciendo un tiempo de samaritano con un paciente debido a su supuesta precariedad de medios, cuando empezó a sentirse mejor y ganó confianza en sí mismo, empezó a presumir de la ropa que se compraba con sus trabajos esporádicos. Se trabajó la cuestión de prioridades, tanto las del paciente, pagar al psicólogo o comprarse ropa, como las del psicólogo, atender a alguien que no valora tu trabajo o emplear el tiempo con quien si lo haga.

c)  Hay quien ve muy normal gastarse 300 € al mes en ropa, en el gimnasio, en copas, en tabaco o en cosas que considera imprescindibles aunque no lo sean (la subjetividad está servida), pero le parece inasumible gastar eso o menos en ir al psicólogo. Cada cual decide en que quiere gastar su dinero.

Hubo un tiempo en el que daba citas informativas gratis, para informar también del precio, pero tuve que dejar de hacerlo, porque soy un desastre y no sé decir: “no, eso no me lo cuente ahora, eso es para terapia”, y acababa haciendo una sesión de terapia. Ya digo, un desastre comercial. Me lo tuve que tratar.

Volviendo al precio; "hay que pagar para que no sea caridad" y para que el cliente/paciente sepa que está haciendo algo por sí mismo. Además, porque existe la tendencia a no valorar lo que no cuesta. ¿Han oído el refrán que dice "buen amigo deme un consejito para hacer lo que yo quiera"?, pues eso... que aunque yo no suelo dar consejos, ilustra bastante bien algunas actitudes.

¿Cuánto? Cada profesional hace la valoración que considera oportuna de su trabajo. Después está el si considera o no ajustarse a las posibilidades del cliente/paciente y en qué medida.

Para mí, el precio, aun siendo importante, a veces, pocas, resulta algo secundario. La psicología es una profesión en la que lo humano es prioritario y en la que también se ha de lidiar con lo prosaico.

viernes, 2 de octubre de 2015

Abrir y cerrar los ojos


Hay una segunda realidad en cada uno de nosotros. No es nada religioso ni misterioso. Todos la experimentamos aunque pocos mantengamos consciencia sobre esa realidad más allá de unos pocos minutos o segundos.

Esa realidad surge tan pronto cerramos los ojos y dejamos de prestar atención al mundo exterior para pasarla a nuestro propio interior.

Más de uno se extraña cuando en relajación le pido observar su propia respiración, y después los latidos de su corazón. Parece que por primera vez cayesen en la cuenta de que su cuerpo tiene un funcionamiento automático, sin que ellos intervengan, y que lo lleva haciendo desde que nacieron. No solo los pulmones y el corazón, también el hígado, los riñones, el intestino, el sistema linfático, el endocrino… en definitiva todo su cuerpo funciona al margen de su consciencia y generalmente lo hace bastante bien, de modo que se puede confiar en él, reducir la alerta y la vigilancia, dejar de tener los ojos girados hacia el interior y volverlos para observar el mundo exterior.

El cerebro, como parte del cuerpo que es, también tiene un funcionamiento autónomo, automático, y sus productos más evidentes son los sueños, con sentido aparente o no,  las ensoñaciones, las sensaciones, el mundo afectivo y todo cuanto tiene que ver con la vida consciente o inconsciente.

El pensamiento puede parecer un caballo desbocado que va saltando de un tema a otro como si no pudiéramos pararlo, obsesionado con los temas que más le preocupan, entrando con facilidad en un bucle cerrado. Pero el pensamiento se puede dirigir, como cuando uno maquina las posibles soluciones a un problema.

Si no se tiene práctica, puede suponer un esfuerzo el pasar de la consciencia del propio cuerpo y pensamiento a la consciencia del mundo exterior y fluctuar de la una a la otra, sabiéndose una persona que influye y es influida en y por su entorno. Sabiéndose alguien con derecho a ser y estar.

Cuando uno se disocia de sí mismo, cuando duda de sus capacidades, cuando extraña su propio cuerpo, se hace auto vigilante, desconfía de la capacidad homeostática de su cuerpo. Está desequilibrando su relación con su entorno que puede pasar a ser frustrante/amenazante pues no le da toda la atención que él necesitaría para calmar su miedo, miedo al posible fallo de su cuerpo. Empieza la desconfianza en sí mismo para encontrar una solución adecuada.

Para afrontar cualquier riesgo hemos de partir de una zona de seguridad o de un entrenamiento previo que nos capacite o al menos nos de seguridad. Cerrar los ojos voluntariamente en zona segura y acercarse en el mundo imaginario, sabiendo que lo es, a la zona de conflicto, permite que el cerebro, la persona,  pueda admitir hipotéticas situaciones o posibilidades a las que con los ojos abiertos en zona insegura, no se acercaría.

Dicen que “para torear y casarse hay que arrimarse”, también para solucionar problemas hay que acercarse a ellos. Cerrar los ojos e imaginar es el complemento de abrirlos y afrontar.

Abrir y cerrar los ojos, aspirar y espirar, sístole y diástole… y todos los pares posibles como parte del movimiento, como parte de la vida.

Todo confluye en un cuerpo que da soporte temporal a la persona, y para los que creen, a su alma.

Perdón por la repetición. El cerebro es una parte del cuerpo, que como tal, también tiene su funcionamiento continuo y autónomo, pero podemos intervenir en su funcionamiento voluntariamente. Con los pensamientos podemos asustarnos o alegrarnos.

Cuando nos dejamos llevar hacia el sueño permitimos que nuestra máquina haga las reparaciones necesarias.

La hipnosis es una pobre imitación de las reparaciones de la naturaleza, de las que tan poco sabemos.

Hay muchas formas de estar en hipnosis. Cuando elegimos cerrar los ojos y dejarnos llevar por un mundo de imágenes mentales y de posibilidades, elegimos deliberadamente acercarnos al funcionamiento automático de la mente, nos convertimos en sus meros espectadores y a veces, esos automatismos inconscientes iluminan nuestro consciente.

Lo que hagamos con la consciencia iluminada es otra cosa.


viernes, 11 de septiembre de 2015

La tarjeta de visita

La tarjeta de visita es ese trocito de papel en el que anotamos nuestro nombre y los datos que queremos que se sepan de nosotros. Estos datos pueden ser breves, escuetos, como suele suceder en las tarjetas personales, o extensos, abultados y coloristas al modo de las tarjetas comerciales.

Todos vamos por la vida con una tarjeta de visita con la que queremos presentarnos. Unas son como un pequeño billetito cuyo contenido se reduce a nuestro nombre y otras son como carteles de circo en las que tratamos de vender nuestras supuestas maravillas.

En la consulta también sucede. Se suele venir con la lista de síntomas y fechas recordadas de los primeros episodios del problema en cuestión. Es como si los síntomas fuesen algo ajeno a la persona, como si un virus se hubiese colado en la sangre y estuviese provocando, por ejemplo, ataques de pánico.

Algunos vienen con una lista de síntomas copiados de internet para explicar su auto diagnóstico. Es su tarjeta de visita.

Las tarjetas de visita deben ser aceptadas y respetadas. Pueden ser el mejor punto de arranque para saber qué le está sucediendo al cliente/paciente.

Después, acompañando su exploración, sus descubrimientos, sus búsquedas de explicaciones y de conductas alternativas, poco a poco se va viendo como el cliente/paciente se va permitiendo cambiar su manera de verse y entenderse, se va permitiendo crearse una tarjeta nueva, más sana, con la que se siente más identificado y más cómodo.

martes, 1 de septiembre de 2015

Metáfora: El valle de las huertas de bicicletas

Juan procedía de un pequeño pueblecito leones, su familia tenía una pequeña granja familiar con animales y una huerta. Él y sus hermanos siempre habían ayudado en las labores de la granja.

Después del internado, los esfuerzos de sus padres le permitieron estudiar Económicas. Cuando terminó consiguió trabajo en un banco y como le gustaba estudiar, también hizo Derecho. Opositó para Abogado del Estado y consiguió plaza como funcionario donde escaló hasta llegar a ser Secretario de un ministerio.

Allí estuvo mucho tiempo y vio pasar políticos de todos los colores. Observó que todos encontraban justificaciones para sus actuaciones y acusaciones para las de los demás. Su moral, la que le había enseñado la concretitud de su trabajo en la granja y el contacto con la naturaleza, no entendía la impunidad con la que se despachaban los despropósitos del político de turno.

El caso es que Juan se jubiló y volvió a su casa del pueblo. Porque le gustaba volvió a cuidar la huerta familiar, pero se encontró con una nueva situación; el pueblo estaba acosado de urbanizaciones nuevas y su huerta que antes estaba bastante lejos, ahora quedaba demasiado cerca de los urbanitas.

En el bar del pueblo escuchaba… “me han destrozado las tomateras ¡como coja a esos niñatos se van a enterar!... “a mí me han arruinado un bancal de melones tan solo para divertirse…”

En el bar del Club de una de las urbanizaciones donde Juan tenía amigos, algunos padres comentaban como divertidos… “pues mi Luisín se fue con los amigos de huertas y han traído unas sandías estupendas, ¡total, si no las recogen y se les iban a echar a perder o acabarían dándoselas a los animales! 

Juan tenía como flashes de las justificaciones oídas en el ministerio.

Juan acabó sintiendo el problema en su propia huerta. Vio las marcas de las bicicletas y los destrozos que ocasionaban. Pensó en denunciarlo como robos que eran, pero como abogado sabía que por la pequeña valoración del robo no  iba a conseguir gran cosa. En su indignación e impotencia, se dijo… “les daré un susto”.

Esperó en su huerta y cuando vio que la rapiña estaba en su labor, les empezó a gritar y tal cual esperaba, los muy cobardes huyeron abandonando las bicicletas en su huerta. Las guardó pensando en devolvérselas a sus padres cuando viniesen a disculparse.

Pero ese mismo día apareció otro enjambre de robamelones y repitió la operación.
Juan se decía a sí mismo… esto no va a acabar nunca,… estos se van de rositas… yo no puedo estar aquí todo el día,… ellos se van impunes y la familia les ríe la gracia que es nuestra desgracia. Juan, tienes que hacer algo,... Juan tienes que hacer algo.

Su preocupación le llevó al insomnio y en mitad de la noche se le apareció un Ángel del Señor y le dijo: “Juan, si eres hortelano, ¡planta!”. Cuando consiguió recuperarse de su turbación, vio claramente lo que le quiso decir.

Al día siguiente, temprano, fue a su huerta y con el azadón hizo hoyos de aproximadamente un metro de profundidad por cuarenta centímetros de ancho.

Hizo cinco, tantos como bicicletas habían sido abandonadas y nadie había reclamado.
Poniéndolas verticales, introdujo sus ruedas traseras en los hoyos, de forma que entraban hasta los pedales. Rellenó los hoyos con tierra y quedaban a la vista las ruedas delanteras y los manillares. Quedaron como espantapájaros, aunque en éste caso más podría hablarse de espantaciclistas.

Después regó el terreno, no se sabe si para compactar el suelo y que no hubiera manera de sacarlas a modo de Excálibures o para ver si de ellas fructificaba algo de ética.

Cundió el ejemplo y aquel valle pasó a ser conocido como el valle de las huertas de bicicletas.


martes, 25 de agosto de 2015

La defensa psicológica inmotivada (agorafobia y otras fobias)

Me lo ilustro a mi mismo con la reacción que tuve al tocar accidentalmente una plancha que estaba en posición de trabajo. Fue literalmente un salto, tan rápido, que el calor, de haber estado enchufada, no podría haber llegado a mi piel, pues se necesita un tiempo mínimo de contacto, pero la reacción, la conducta de huida estaba culminada mucho antes de que supiera de que huía.

La respuesta nerviosa debió de darse al nivel de la metámera correspondiente. Solo después de iniciado el movimiento, debió de llegar la señal propioceptiva al SNC. No fue una respuesta al calor de la plancha, fue una respuesta a la experiencia previa en un entorno similar, que no igual.

Seligman nos dejó el concepto de indefensión aprendida, que se da cuando no se huye del estímulo aversivo porque se ha aprendido que la huida es imposible. Pero también podríamos hablar de la “defensa inmotivada” que se da cuando se responde a sensaciones o señales que interpretamos como el preludio de un desenlace fatal.

Me angustio (respuesta) porque me veo, anticipo, una situación en la que no voy a ser capaz de hacerme cargo de mi mismo y trato de poner a mi alcance toda la ayuda posible. Esto está claro en la agorafobia.

En la agorafobia la respuesta a todos los supuestos miedos es subcortical, se responde desde el diencéfalo, la señal parece no llegar a los lóbulos frontales, no se elabora la alarma emocional, tan solo se confirma la urgencia de la supervivencia mediante un rebote de la información en el neo cortex, tan rápido, que impide la conciencia. Después solo se recuerdan las sensaciones físicas que nos han hecho creer que íbamos a morir.

Para recordar es necesaria la emoción, y en estas circunstancias la hay en abundancia, pero si se pregunta por detalles sobre la situación, sobre las emociones acompañantes (aparte de los síntomas) en la que se produjo la huida, apenas se recordarán, porque no hubo tiempo para caer en la cuenta del entorno y nuestra propia situación con respecto a él. Lo urgente era huir.

Pero no solo se da la defensa inmotivada en la agorafobia, cuando tienes fobia social, también estás haciendo una defensa inmotivada. Lo que te ocurrió antes no tiene porque volver a ocurrirte, pero te estás defendiendo de las tragedias que tu mente esta anticipando.

Cuando estás en pánico, o lloras sin saber porque, o tienes miedo de hacer algo solo, si consideramos que no hay un estímulo físico, cuesta entenderlo, pero si consideramos que el estímulo viene de la experiencia, de la rememoración o de la suposición de una posible vivencia, que son formas que tenemos los humanos de ampliar nuestro mundo, es más fácil de entender.

La sensación o la creencia de ser incapaz de valerse por uno mismo, la necesidad de la presencia constante del otro, impide cualquier aprendizaje que no sea reforzar esta creencia. 



lunes, 6 de julio de 2015

Metáfora: El chalecito

Era un chalecito en una de esas urbanizaciones llenas de chalecitos, en su parcela media de mil metros cuadrados que daba para una casita de dos plantitas y su parcelita con sus plantitas, su vallita de aligustre, su arbolito frutal, cerezo creo que era, y su valla frontal en piedra maciza del Guadarrama. Leñera, chimenea en la bodega y chimenea en el “gran salón”, seis habitaciones, tres baños, cocina y garaje.


El chalecito
Era un típico chalecito.

Sus dueños, una pareja próxima a la jubilación, también tenían un piso en la playa y alternaban las estancias entre el chalecito serrano y la playa. Les gustaba tener invitados en el chalecito, pero no en la playa porque el piso era más pequeño.

Estos señores también tenían una única hija, ya treintona, casada y con dos niñas pequeñas.

A la hija le gustaba ir al chalecito, pero cada vez se le hacía más cuesta arriba. Ir allí era una paliza de limpiezas y comidas, pero se sentía obligada a ayudar a sus padres que creía que no podrían con tanta tarea. También veía como su marido que al principio disfrutaba con el bricolaje y el mantenimiento, había dejado de disfrutar con aquellas estancias, aunque por el amor a su esposa no decía nada.

Sin el trabajo de su hija y de su yerno los costos de mantenimiento del chalecito no se hubieran podido sufragar. La verdad es que su trabajo lo revalorizaba.

Un mal día un frío viento dejo viuda a la hija, que vio como su vida se volvió del revés, por la pérdida del marido y por la nueva situación económica. Se tuvo que buscar un trabajo e ingeniárselas para llevar y traer a las niñas del colegio y seguir atendiendo su casa. No contaba con la ayuda de nadie, sus padres se volvieron un tanto distantes, tal vez porque ya no iba tanto por el chalecito. Acababa la semana realmente cansada, muy cansada.

Sus padres se percataron de como el chalecito echaba de menos a su hija y a su yerno y ellos mismos cada vez iban menos. Decidieron venderlo antes de que el declive fuese a más y se fueron a la playa. Aquel piso era más manejable.

Fermina, que así se llamaba la hija, se enteró por casualidad de la venta, y se quedó estupefacta, anonadada, sorprendida y frustrada de que sus padres no la hubieran dicho nada, de que no se interesasen por cómo llevaba su viudez, ni de qué era de sus nietas.

Le hubiera venido muy bien que la ayudasen económicamente, y con la venta hubieran podido hacerlo. Pensaba.

Se acordaba con frecuencia de su marido, le echaba mucho de menos y se arrepintió de no haberle hecho más caso cuando le pedía ir a otro sitio, viajar, ir con los amigos. Algo distinto a dejarse la vida en aquel chalecito que al fin y al cabo no era suyo, y del que como se vio, no se pudo ayudar en su viudez. Se arrepintió de anteponer las imaginadas necesidades de sus padres a las suyas propias y a las de su propia familia.

sábado, 20 de junio de 2015

Metáfora: El armario

Ana era una apasionada de la moda, siempre le gustó comprar las últimas tendencias y era imposible que pasase una temporada sin que ella comprase dos o cinco prendas y dos o tres pares de zapatos. Se sentía bien, segura de sí misma cuando se pensaba bien vestida.

Cuando se casó y salió de casa de sus padres, prácticamente toda su ropa juvenil quedó allí. Su madre se ocupó de regalarla, ella no habría podido.

Metáfora: El armario
En su nuevo hogar, año tras año se iban comprando y guardando vestidos, blusas, pantalones, camisas, chaquetas, chaquetones, abrigos, anorak, jerséis, bolsos de vestir, de sport, de playa, zapatos, botas, playeras y un sinfín de prendas que alguna vez había usado, o no, que estaban prácticamente nuevas y que le daba pena tirar. Con la ropa interior era más inmisericorde.

Como era lógico, pese a tener una casa bastante espaciosa, los armarios quedaron prácticamente llenos con la ropa que ya no usaría, porque ya no le quedaba y porque estaban pasados de moda, estancados en el pasado.

En su día a día prácticamente usaba la misma ropa, los años y la economía amortiguaron su ardor consumista. Llevaba unos viejos zapatos porque se habían hecho ellos a ella y ella a ellos. Lo mismo ocurría con el resto de la ropa; ya sabía en lo que se podía embutir y cómo combinarlo.

Al final vestirse dejó de ser una aventura creativa y fascinante y pasó a ser algo obligatorio, rutinario y fastidioso.

Realmente le quedaba poco espacio para guardar su ropa de diario. El fondo de armario que había acumulado durante toda su vida y del que emocionalmente no podía deshacerse la estaba asfixiando, ¿pero cómo prescindir de la ropa que le traía tantos recuerdos y de la que se sentía orgullosa? ¡Ni hablar!

En su pensamiento no entraba la idea de revisar su tesoro textil.

Revisar sus armarios era algo íntimo, era como ponerse a mirar las ideas que guardaba dentro de su cabeza. Quizás las modas hubiesen cambiado. Desde luego, aunque pudiera, ya no se pondría el vestido que tan orgullosamente lució a los veinte años.

Su forma de ver la vida, como sus vestidos tampoco había cambiado en cincuenta años y muchas veces no entendía ni a sus hijos ni a sus nietos, pero ella sabía que su forma de pensar era la correcta, lo había sido toda su vida. No quiso revisar ni sus armarios ni su forma de entender la vida.

Un buen día fue llamada a donde son llamadas todas las personas mayores y acudió obedientemente. No llevó más que un simple sudario como los que se llevan desde hace miles de años.

Sus nietos, los que heredaron su casa, necesitaban espacio para sus propias cosas, sus camisas, camisetas, polos, pantalones, ternos, calcos, chupas, plumas, forros polares. Sus ordenadores, tables, equipos de música, etc. Encontraron los armarios de su abuela llenos de ropa decimonónica, y aunque a la abuela la habían querido mucho, todo aquello era de museo, aunque no hubiese museo que lo quisiera.

Todos los esfuerzos de conservación que hizo la abuela no sirvieron de nada, ni con su ropa ni con su forma de entender la vida.

Su ropa terminó en los contenedores de reciclaje. Su forma de entender la vida todavía se conserva en algunas personas, en algunos países, pero en su propia familia ya la han olvidado. A veces de acuerdan de ella, de lo buena que era.


viernes, 12 de junio de 2015

El tiempo del psicólogo

La consulta de un psicólogo no es como la consulta de un médico, resulta evidente.

El tiempo de la consulta
Aquí me quiero referir a la cuestión TIEMPO.

El modelo médico de asistencia al que estamos acostumbrados nos cita a una hora que es aproximativa y cita a varios pacientes con unas cadencias temporales muy cortas, de forma que si alguien necesita más tiempo, o sencillamente no acude, con el resto de los pacientes se promedian esos desajustes.

El modelo psicológico en cuanto al manejo del tiempo de consulta es sensiblemente distinto. La hora de comienzo de la cita es exacta, lo mismo que la de su terminación cincuenta minutos más tarde, nadie tiene que esperar. Si la persona no acude y no avisa de ello, ese tiempo que el psicólogo le había reservado para su atención exclusiva, se pierde, o mejor dicho, lo pierde el psicólogo de manera irremediable pues no podrá emplearlo en atender a otra persona.

El empezar y terminar con puntualidad es una forma de respeto hacia la persona, hacia su tiempo.

La falta de respeto hacia el tiempo de los otros es una dificultad frecuente con la que nos encontramos los psicólogos.

sábado, 23 de mayo de 2015

Psicoterapia: consciencia / inconsciencia

Pc)  Hace 20 años que estoy tomando pastillas y ahora me estoy encontrando mucho mejor.

Psc) ¿Cuánto tiempo llevamos en psicoterapia?

Pc)  Unos seis meses.

Psc) ¿Y por qué crees que te encuentras mejor?

Pc)  Será porque me han cambiado las pastillas.

Psc) Tal vez, pero yo prefiero pensar que algo tendrá que ver tu trabajo en ésta psicoterapia ¿Qué opinas?

miércoles, 13 de mayo de 2015

Metáfora: El rayo


El hombre se decía compadeciéndose de sí mismo:

- ¡Qué cruz! ¡Qué habré hecho yo para merecer esto! Esta mujer no deja de protestar ni de quejarse en todo el día... ¡Me produce dolor de cabeza! ¡A veces solo deseo un rayo del Cielo que me quite éste problema!

De repente...  ¡¡¡¡¡ ZZZZZaaaaaasssssss !!!!!

* ¡Luis! ¡Luisito!, ¡pobrecito!... no se entiende... un rayo en un día soleado.

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"Ten cuidado con lo que deseas..."



miércoles, 22 de abril de 2015

El caso del menor agresor de Barcelona y el Síndrome de Pigmalión

A raíz del caso del menor que asesinó y sembró el pánico en su instituto, ahora todo son búsquedas de soluciones para evitar que vuelva a suceder, tarea nada fácil.

He leído que una de las soluciones que se apuntan es el conocimiento por parte de los profesores del historial médico de sus alumnos, tal vez con la esperanza de prevenir delitos al estilo de Minority Report, lo que cuestionaría muchas cosas, entre otras la libertad individual, la igualdad de derechos...

Lo que me preocupa de esta solución, es que si realmente esa información llegase a manos de los profesores, no se verían ellos afectados del Síndrome de Pigmalión negativo sobre sus alumnos con diferencias psíquicas. Por favor no olviden esta posibilidad.

jueves, 16 de abril de 2015

Hipnosis, problemas, 13 pasos a seguir

Con la hipnosis, ya sea clásica o ericksoniana, o despierta, se pueden seguir los siguientes pasos:
  1. Identificación del problema
  2. Identificación de objetivos
  3. Abordar el estrés
  4. Relajación
  5. Concentración (hipnosis)
  6. Fraccionamiento de los objetivos
  7. Visualización del objetivo problema
  8. Visualización de la solución del problema
  9. Alternativas
  10. Reinterpretación
  11. Generalización del abordaje de problemas
  12. Confianza en los propios recursos
  13. Manejo de problemas
Todos estos pasos se pueden dar en una o varias sesiones de psicoterapia, insertándolos dentro de la historia del propio paciente. 

miércoles, 15 de abril de 2015

Lógico vs emocional

Aceptación

*) Yo soy muy temperamental y no quiero dejar de serlo.

-) Todos estamos afectados por las emociones que nos producen las cosas, hechos o personas que nos rodean y nuestras respuestas pueden ir de lo meramente emocional o visceral, a la única consideración de lo intelectivo, racional o lógico. Se da un intervalo en donde es posible y deseable la combinación de ambas opciones. La flexibilidad para considerar varios puntos de vista puede enriquecer la respuesta. La integridad personal no tiene porque verse amenazada por la escucha de opiniones diferentes.

miércoles, 18 de marzo de 2015

Metáfora: La crítica como norte

Era una urbanización preciosa a las afueras de Madrid, con zonas comunes ajardinadas y parques infantiles a la que llegó, como tantas otras veces llegaba, el camión de la mudanza de unos nuevos vecinos.

Eran estos tres hermanas que tras muchos años de sacrificios y aprovechando una herencia reciente, decidieron darse el lujo de vivir en una casa como la que habían soñado. Una casa con chimenea en el salón, con una amplia cocina independiente, un despacho librería, habitaciones con baño, terraza trasera, un jardincito delantero y un garaje con acceso directo a la casa. Ellas, que siempre habían vivido en un pisito, sabían que de no haber sido por la repentina herencia de un tío-abuelo, hermano de su madre, difícilmente habrían podido cumplir su sueño.

Sus vecinos más próximos, una comercial de lencería y un profesor de Filosofía sin hijos, vieron su llegada y prudentemente esperaron a que se acoplaran para darles la bienvenida e invitarles a una cena en su casa.

Llegado el día de la cena, ambos anfitriones se esforzaron porque todo estuviese perfecto para causarles una buena impresión, querían caer bien a quienes el destino había asignado como vecinos, con los que sí o sí habían de convivir, de modo que buscaron que todo fuese lo más agradable posible. Buscaron los mejores productos en el mercado, tanto para el caldo de verduras que haría de entrante como para el asado de ternera que sería el plato principal y como postre se trabajaron una mus de chocolate. Eligieron unos fermentados de Rioja más que aceptables y dejaron el café listo para preparar en el último momento por si a sus invitados les apetecía. Habían previsto enseñarles la casa si se adelantaba, para ir haciendo tiempo. Se vistieron especialmente, como para asistir a una cena de gala, y esperaron a sus invitadas.

Llegada la hora convenida, las invitadas comenzaron a retrasarse… ¿Se les habrá olvidado?, se preguntaban, y se preocupaban porque la cena podría quedarse fría… Cuando ya pasaban quince minutos de la hora, decidieron poner la carne bajo las lámparas de calor y tener el caldo preparado para recalentarlo en el microondas.

Por fin, cuarenta y cinco minutos después de la hora acordada, aparecieron las tres hermanas en chándal, dos de ellas enfundadas en sendas batas.

Dado que el punto de la comida ya se había perdido, y para romper el hielo, empezaron por enseñarles la casa, haciendo comentarios de cómo la habían montado poco a poco y de cómo cada uno había aportado ideas a su gusto, tratando de armonizarlas a las del otro para formar un ambiente que resultase agradable para los dos.

Ya en la cena, deliciosa pese al recalentado, los anfitriones comentaron sobre como habían llegado a vivir en la urbanización después de haber pasado por diferentes casas, mejorando poco a poco conforme cambiaba su situación económica.

Sus invitadas también comentaron como gracias a su trabajo habían llegado a ésta comunidad, pero habían visto algunas cosas, como la composición de los jardines, que a todas luces estaba equivocada… Definitivamente tendrían que entrar en la Junta de la Comunidad para poner remedio a los despropósitos que ya habían encontrado. No les pareció bien la insuficiente iluminación de las calles ni la falta de respeto de los guardias y los conserjes, que no las habían saludado como esperaban. Tampoco estaban dispuestas a tolerar la ineficacia en el mantenimiento y limpieza de las calles.

-          Esto es lo que hemos visto entre ayer y hoy pero cuando dirijamos la Comunidad, seguramente veremos más cosas mejorables. Nosotras siempre hemos revalorizado todas las comunidades por las que hemos pasado.

Los anfitriones quisieron cambiar de tema y se interesaron por sus actividades laborales y por sus hobbies… Como vieran sus evasivas, decidieron contar un poco de sí mismos y de cómo les gustaba lo que hacían, la libertad de la que disponían a la hora de organizar tanto sus clases como sus visitas a los clientes.

Asomando el crepúsculo, las invitadas, sin agradecer la cena y sin querer hacer sobremesa, dieron por zanjada la cena sin plantear una reciproca.

Los anfitriones quedaron preocupados y pesarosos porque pensaban que tal vez no habían conseguido darles la calurosa acogida que ellos habían deseado, a juzgar por su rápida retirada… o quizás ellas tienen la costumbre de retirarse pronto. Pensaron.

En el corto trayecto hacia su casa las hermanas iban bufando…

-          ¡Fuuu! ¡Fuuu!...

Ya dentro de su nueva casa, con sus viejos muebles a medio desembalar y sus paredes por pintar, empezaron a jalearse las unas a las otras…

- ¿Habéis visto estos burgueses tan emperifollados para una simple cena de un calducho y una carne recalentada?… ¡Que manera de pasarnos por las narices su casita de muñecas con tanto cuadro raro! ¡Abstractos dicen! Seguro que lo han comprado en algún bazar extraño…

- Comercial de lencería... ¡a saber si no tiene que hacer el pase de modelitos delante de los clientes!

- ¿Y el marido?… profesor de Filosofía… ¡un cornudo consentido, eso es lo que es!, porque si no, ¿de qué van a ganar para tener la casa como si fuera un decorado de película?

- ¿Y las prisas que se han dado para pasarnos por las narices la cubertería que seguramente será heredada de alguna abuela? ¡Porque esas piezas tan antiguas ya no se ven por el mundo!…

- ¿Esos cortinones tan gordos que no dejan pasar la luz?, ¡con lo bien que quedan unos visillitos como los nuestros!…

- Mira que estar orgullosos de esa decoración, ¡tienen un gusto horrible!…  esa habitación llena de libros…  es como si quisieran impresionar, ¡como para decir lo listos que son!…

- Y está claro que si les va bien es por la lencería y por lo que hay detrás de la lencería…

- ¿Os habéis fijado en el perro de cerámica?, seguro que es por no darle de comer. ¡Aunque mejor!, porque una de las primeras cosas que hay que hacer es limitar la tenencia de mascotas en esta urbanización.


- Menos mal que hemos llegado nosotras, porque si no, no sé qué sería de esta gente, ¡con la cantidad de cosas que tienen que mejorar!


lunes, 23 de febrero de 2015

Hipnosis y acúfenos

Consulta.- Hola, desde hace un año padezco de acúfenos .... Lo he probado todo y los médicos alegan causas idiopáticas a mi acúfeno. 
Quería saber si la hipnosis podría ayudarme a desviar la atención del ruido.
Querí­a saber si ha tratado algún caso más de acúfenos y si cree que puede darme resultado...
Respuesta.- Hola, te diré que sí he tratado algunos casos de tinnitus o acúfenos, con psicoterapia y con la ayuda de la hipnosis para ayudarles a no centrarse en el sonido percibido, pues ya sabes que cuanto más te centras más lo oyes. El disparador suelen ser problemas emocionales, aunque no siempre son fáciles de localizar, tiene más que ver con un estilo de personalidad hipervigilante.
En honor a la verdad, te diré que no siempre desaparecieron los ruidos, pero si bajaron de nivel y su molestia...

miércoles, 28 de enero de 2015

Hipnosis y esfuerzo



Consulta.- Nací en Polonia, pero cuando tenía cinco años mis padres vinieron a España y olvidé el idioma.¿Podría recuperarlo con hipnosis?
Respuesta.- La hipnosis no te va a quitar el esfuerzo de reaprenderlo, te lo puede facilitar. Si vas a una academia a aprender Polaco y además haces hipnosis, tu aprendizaje será mucho más rápido y cómodo que el de tus compañeros de academia.