Reflexiones

Entre terapia y terapia algunas veces surgen reflexiones, la mayoría se me diluyen en el tiempo, con otras hago el esfuerzo de cristalizarlas en papel. Estas son algunas de ellas...


sábado, 20 de junio de 2015

Metáfora: El armario

Ana era una apasionada de la moda, siempre le gustó comprar las últimas tendencias y era imposible que pasase una temporada sin que ella comprase dos o cinco prendas y dos o tres pares de zapatos. Se sentía bien, segura de sí misma cuando se pensaba bien vestida.

Cuando se casó y salió de casa de sus padres, prácticamente toda su ropa juvenil quedó allí. Su madre se ocupó de regalarla, ella no habría podido.

Metáfora: El armario
En su nuevo hogar, año tras año se iban comprando y guardando vestidos, blusas, pantalones, camisas, chaquetas, chaquetones, abrigos, anorak, jerséis, bolsos de vestir, de sport, de playa, zapatos, botas, playeras y un sinfín de prendas que alguna vez había usado, o no, que estaban prácticamente nuevas y que le daba pena tirar. Con la ropa interior era más inmisericorde.

Como era lógico, pese a tener una casa bastante espaciosa, los armarios quedaron prácticamente llenos con la ropa que ya no usaría, porque ya no le quedaba y porque estaban pasados de moda, estancados en el pasado.

En su día a día prácticamente usaba la misma ropa, los años y la economía amortiguaron su ardor consumista. Llevaba unos viejos zapatos porque se habían hecho ellos a ella y ella a ellos. Lo mismo ocurría con el resto de la ropa; ya sabía en lo que se podía embutir y cómo combinarlo.

Al final vestirse dejó de ser una aventura creativa y fascinante y pasó a ser algo obligatorio, rutinario y fastidioso.

Realmente le quedaba poco espacio para guardar su ropa de diario. El fondo de armario que había acumulado durante toda su vida y del que emocionalmente no podía deshacerse la estaba asfixiando, ¿pero cómo prescindir de la ropa que le traía tantos recuerdos y de la que se sentía orgullosa? ¡Ni hablar!

En su pensamiento no entraba la idea de revisar su tesoro textil.

Revisar sus armarios era algo íntimo, era como ponerse a mirar las ideas que guardaba dentro de su cabeza. Quizás las modas hubiesen cambiado. Desde luego, aunque pudiera, ya no se pondría el vestido que tan orgullosamente lució a los veinte años.

Su forma de ver la vida, como sus vestidos tampoco había cambiado en cincuenta años y muchas veces no entendía ni a sus hijos ni a sus nietos, pero ella sabía que su forma de pensar era la correcta, lo había sido toda su vida. No quiso revisar ni sus armarios ni su forma de entender la vida.

Un buen día fue llamada a donde son llamadas todas las personas mayores y acudió obedientemente. No llevó más que un simple sudario como los que se llevan desde hace miles de años.

Sus nietos, los que heredaron su casa, necesitaban espacio para sus propias cosas, sus camisas, camisetas, polos, pantalones, ternos, calcos, chupas, plumas, forros polares. Sus ordenadores, tables, equipos de música, etc. Encontraron los armarios de su abuela llenos de ropa decimonónica, y aunque a la abuela la habían querido mucho, todo aquello era de museo, aunque no hubiese museo que lo quisiera.

Todos los esfuerzos de conservación que hizo la abuela no sirvieron de nada, ni con su ropa ni con su forma de entender la vida.

Su ropa terminó en los contenedores de reciclaje. Su forma de entender la vida todavía se conserva en algunas personas, en algunos países, pero en su propia familia ya la han olvidado. A veces de acuerdan de ella, de lo buena que era.


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