Reflexiones

Entre terapia y terapia algunas veces surgen reflexiones, la mayoría se me diluyen en el tiempo, con otras hago el esfuerzo de cristalizarlas en papel. Estas son algunas de ellas...


viernes, 11 de septiembre de 2015

La tarjeta de visita

La tarjeta de visita es ese trocito de papel en el que anotamos nuestro nombre y los datos que queremos que se sepan de nosotros. Estos datos pueden ser breves, escuetos, como suele suceder en las tarjetas personales, o extensos, abultados y coloristas al modo de las tarjetas comerciales.

Todos vamos por la vida con una tarjeta de visita con la que queremos presentarnos. Unas son como un pequeño billetito cuyo contenido se reduce a nuestro nombre y otras son como carteles de circo en las que tratamos de vender nuestras supuestas maravillas.

En la consulta también sucede. Se suele venir con la lista de síntomas y fechas recordadas de los primeros episodios del problema en cuestión. Es como si los síntomas fuesen algo ajeno a la persona, como si un virus se hubiese colado en la sangre y estuviese provocando, por ejemplo, ataques de pánico.

Algunos vienen con una lista de síntomas copiados de internet para explicar su auto diagnóstico. Es su tarjeta de visita.

Las tarjetas de visita deben ser aceptadas y respetadas. Pueden ser el mejor punto de arranque para saber qué le está sucediendo al cliente/paciente.

Después, acompañando su exploración, sus descubrimientos, sus búsquedas de explicaciones y de conductas alternativas, poco a poco se va viendo como el cliente/paciente se va permitiendo cambiar su manera de verse y entenderse, se va permitiendo crearse una tarjeta nueva, más sana, con la que se siente más identificado y más cómodo.

martes, 1 de septiembre de 2015

Metáfora: El valle de las huertas de bicicletas

Juan procedía de un pequeño pueblecito leones, su familia tenía una pequeña granja familiar con animales y una huerta. Él y sus hermanos siempre habían ayudado en las labores de la granja.

Después del internado, los esfuerzos de sus padres le permitieron estudiar Económicas. Cuando terminó consiguió trabajo en un banco y como le gustaba estudiar, también hizo Derecho. Opositó para Abogado del Estado y consiguió plaza como funcionario donde escaló hasta llegar a ser Secretario de un ministerio.

Allí estuvo mucho tiempo y vio pasar políticos de todos los colores. Observó que todos encontraban justificaciones para sus actuaciones y acusaciones para las de los demás. Su moral, la que le había enseñado la concretitud de su trabajo en la granja y el contacto con la naturaleza, no entendía la impunidad con la que se despachaban los despropósitos del político de turno.

El caso es que Juan se jubiló y volvió a su casa del pueblo. Porque le gustaba volvió a cuidar la huerta familiar, pero se encontró con una nueva situación; el pueblo estaba acosado de urbanizaciones nuevas y su huerta que antes estaba bastante lejos, ahora quedaba demasiado cerca de los urbanitas.

En el bar del pueblo escuchaba… “me han destrozado las tomateras ¡como coja a esos niñatos se van a enterar!... “a mí me han arruinado un bancal de melones tan solo para divertirse…”

En el bar del Club de una de las urbanizaciones donde Juan tenía amigos, algunos padres comentaban como divertidos… “pues mi Luisín se fue con los amigos de huertas y han traído unas sandías estupendas, ¡total, si no las recogen y se les iban a echar a perder o acabarían dándoselas a los animales! 

Juan tenía como flashes de las justificaciones oídas en el ministerio.

Juan acabó sintiendo el problema en su propia huerta. Vio las marcas de las bicicletas y los destrozos que ocasionaban. Pensó en denunciarlo como robos que eran, pero como abogado sabía que por la pequeña valoración del robo no  iba a conseguir gran cosa. En su indignación e impotencia, se dijo… “les daré un susto”.

Esperó en su huerta y cuando vio que la rapiña estaba en su labor, les empezó a gritar y tal cual esperaba, los muy cobardes huyeron abandonando las bicicletas en su huerta. Las guardó pensando en devolvérselas a sus padres cuando viniesen a disculparse.

Pero ese mismo día apareció otro enjambre de robamelones y repitió la operación.
Juan se decía a sí mismo… esto no va a acabar nunca,… estos se van de rositas… yo no puedo estar aquí todo el día,… ellos se van impunes y la familia les ríe la gracia que es nuestra desgracia. Juan, tienes que hacer algo,... Juan tienes que hacer algo.

Su preocupación le llevó al insomnio y en mitad de la noche se le apareció un Ángel del Señor y le dijo: “Juan, si eres hortelano, ¡planta!”. Cuando consiguió recuperarse de su turbación, vio claramente lo que le quiso decir.

Al día siguiente, temprano, fue a su huerta y con el azadón hizo hoyos de aproximadamente un metro de profundidad por cuarenta centímetros de ancho.

Hizo cinco, tantos como bicicletas habían sido abandonadas y nadie había reclamado.
Poniéndolas verticales, introdujo sus ruedas traseras en los hoyos, de forma que entraban hasta los pedales. Rellenó los hoyos con tierra y quedaban a la vista las ruedas delanteras y los manillares. Quedaron como espantapájaros, aunque en éste caso más podría hablarse de espantaciclistas.

Después regó el terreno, no se sabe si para compactar el suelo y que no hubiera manera de sacarlas a modo de Excálibures o para ver si de ellas fructificaba algo de ética.

Cundió el ejemplo y aquel valle pasó a ser conocido como el valle de las huertas de bicicletas.