Reflexiones

Entre terapia y terapia algunas veces surgen reflexiones, la mayoría se me diluyen en el tiempo, con otras hago el esfuerzo de cristalizarlas en papel. Estas son algunas de ellas...


viernes, 2 de octubre de 2015

Abrir y cerrar los ojos


Hay una segunda realidad en cada uno de nosotros. No es nada religioso ni misterioso. Todos la experimentamos aunque pocos mantengamos consciencia sobre esa realidad más allá de unos pocos minutos o segundos.

Esa realidad surge tan pronto cerramos los ojos y dejamos de prestar atención al mundo exterior para pasarla a nuestro propio interior.

Más de uno se extraña cuando en relajación le pido observar su propia respiración, y después los latidos de su corazón. Parece que por primera vez cayesen en la cuenta de que su cuerpo tiene un funcionamiento automático, sin que ellos intervengan, y que lo lleva haciendo desde que nacieron. No solo los pulmones y el corazón, también el hígado, los riñones, el intestino, el sistema linfático, el endocrino… en definitiva todo su cuerpo funciona al margen de su consciencia y generalmente lo hace bastante bien, de modo que se puede confiar en él, reducir la alerta y la vigilancia, dejar de tener los ojos girados hacia el interior y volverlos para observar el mundo exterior.

El cerebro, como parte del cuerpo que es, también tiene un funcionamiento autónomo, automático, y sus productos más evidentes son los sueños, con sentido aparente o no,  las ensoñaciones, las sensaciones, el mundo afectivo y todo cuanto tiene que ver con la vida consciente o inconsciente.

El pensamiento puede parecer un caballo desbocado que va saltando de un tema a otro como si no pudiéramos pararlo, obsesionado con los temas que más le preocupan, entrando con facilidad en un bucle cerrado. Pero el pensamiento se puede dirigir, como cuando uno maquina las posibles soluciones a un problema.

Si no se tiene práctica, puede suponer un esfuerzo el pasar de la consciencia del propio cuerpo y pensamiento a la consciencia del mundo exterior y fluctuar de la una a la otra, sabiéndose una persona que influye y es influida en y por su entorno. Sabiéndose alguien con derecho a ser y estar.

Cuando uno se disocia de sí mismo, cuando duda de sus capacidades, cuando extraña su propio cuerpo, se hace auto vigilante, desconfía de la capacidad homeostática de su cuerpo. Está desequilibrando su relación con su entorno que puede pasar a ser frustrante/amenazante pues no le da toda la atención que él necesitaría para calmar su miedo, miedo al posible fallo de su cuerpo. Empieza la desconfianza en sí mismo para encontrar una solución adecuada.

Para afrontar cualquier riesgo hemos de partir de una zona de seguridad o de un entrenamiento previo que nos capacite o al menos nos de seguridad. Cerrar los ojos voluntariamente en zona segura y acercarse en el mundo imaginario, sabiendo que lo es, a la zona de conflicto, permite que el cerebro, la persona,  pueda admitir hipotéticas situaciones o posibilidades a las que con los ojos abiertos en zona insegura, no se acercaría.

Dicen que “para torear y casarse hay que arrimarse”, también para solucionar problemas hay que acercarse a ellos. Cerrar los ojos e imaginar es el complemento de abrirlos y afrontar.

Abrir y cerrar los ojos, aspirar y espirar, sístole y diástole… y todos los pares posibles como parte del movimiento, como parte de la vida.

Todo confluye en un cuerpo que da soporte temporal a la persona, y para los que creen, a su alma.

Perdón por la repetición. El cerebro es una parte del cuerpo, que como tal, también tiene su funcionamiento continuo y autónomo, pero podemos intervenir en su funcionamiento voluntariamente. Con los pensamientos podemos asustarnos o alegrarnos.

Cuando nos dejamos llevar hacia el sueño permitimos que nuestra máquina haga las reparaciones necesarias.

La hipnosis es una pobre imitación de las reparaciones de la naturaleza, de las que tan poco sabemos.

Hay muchas formas de estar en hipnosis. Cuando elegimos cerrar los ojos y dejarnos llevar por un mundo de imágenes mentales y de posibilidades, elegimos deliberadamente acercarnos al funcionamiento automático de la mente, nos convertimos en sus meros espectadores y a veces, esos automatismos inconscientes iluminan nuestro consciente.

Lo que hagamos con la consciencia iluminada es otra cosa.