Reflexiones

Entre terapia y terapia algunas veces surgen reflexiones, la mayoría se me diluyen en el tiempo, con otras hago el esfuerzo de cristalizarlas en papel. Estas son algunas de ellas...


Creencias y consciencias

Ψ Psicología e Hipnosis en Madrid


Psicología e Hipnosis en Madrid
Lo más frecuente es encontrar al paciente “agarrado a un diagnóstico”, recibido o autogenerado, porque al darle nombre a lo que le pasa siente un alivio, ya que no le pasa solo a él, y eso le da una esperanza de que haya una solución. Viene cargado de creencias, con la subjetividad a flor de piel.

Las creencias se forman en el seno de la familia y van saltando de grupo en grupo hasta extenderse por toda la sociedad. Son muy poderosas; se puede enfermar por creencia y creo que el vudú puede ser un buen ejemplo, y también creo que se puede sanar por creencia como la Fe en la Virgen de Lourdes.

Hipócrates, basándose en la observación dijo, entre otras muchas cosas:
- “Es mucho más importante saber qué persona tiene la enfermedad que qué enfermedad tiene la persona”.
 - “Sólo existen dos cosas: ciencia y opinión. La primera engendra el conocimiento; la segunda, la ignorancia”.

Solo conociendo a la persona, sus opiniones, sus creencias, el cómo se posiciona en su mundo, podemos acercarnos a la enfermedad.

En cuanto a lo segundo, cualquiera puede constatar que la opinión requiere menos esfuerzo que el saber científico. Sucede que la opinión de muchos puede llegar a ser la guía de  nuestra forma de vivir “creemos en lo que sabemos porque sabemos en lo que creemos”, con la Fe del carbonero. Somos seres sociales, es nuestra condición…

Galeno puso en relación el cuerpo con las facultades anímicas o sentimientos, anticipando la psicosomática.

Desde entonces la interacción mente cuerpo fue apartada poco a poco como objeto de estudio de la medicina. El cuerpo quedó bajo el dominio de la medicina, y el alma fue pasando de los sacerdotes a los filósofos, y una vez convertida en afectos capaces de trasformar el funcionamiento corporal, se reparte entre psicólogos, psiquiatras y nuevas familias que reclaman su parte del trabajo.

Hoy se considera la interacción entre lo biológico, lo psicológico y lo social, esto es, lo biopsicosocial como explicativo de la salud ser humano, aunque a mi modo de entender falta un elemento clave, un cuarto eje para que la persona se empodere de su salud, y es la CONSCIENCIA de sí mismo en relación a su entorno, a su proceso vital, a sus formas de enfermar y como lo conjuga con sus creencias y sus actitudes.

Nos preguntamos:
¿Cómo es posible que algo de lo que no soy consciente haga que me maree?
¿Por qué llego a paralizarme ante la idea de salir a la calle?
¿Por qué tengo miedo a pedir lo que es mío?
¿Por qué no puedo hablar en público?
¿Por qué tengo que controlarlo todo?
¿Por qué me angustia todo?

La consciencia es algo que surge de dentro de uno mismo, puede ser un insight, un repentino ver dentro de mí, como: ¡Ah, entiendo! O poco a poco relacionando unos datos con otros. Por ejemplo, por más que me digan que NO todas las ranas son verdes, no daré importancia al detalle hasta que eso sea significativo para mí. Conozco a una persona que hasta que no le diagnosticaron una diabetes, “no se dio cuenta”, hasta que le fue significativo, de que mediante el ejercicio tenía el control de su salud en sus manos. Necesitó un problema para descubrir lo obvio, para prestar atención y desarrollar su consciencia en esa área.

Cuando vas al psicólogo (o psicóloga) después de que los médicos hayan descartado toda causa orgánica, aunque no lo sepas, lo que estás haciendo de algún modo es pedir ayuda para entender o hacer algo con lo que te pasa, para incrementar tu nivel de consciencia, aunque al principio es una petición inconsciente. Te sientes mal y quieres cambiarlo. Lo normal es que tengas prisas por mejorar. Hay procesos de enfermar que se gestan durante años, su solución puede ser sencilla, pero también puede que requieran tiempo para deshacerse. Se espera que el tiempo de duración de la terapia no sea el mismo que el de la historia de la dolencia, que sea notablemente más corto. Cuanto antes se empiece mejor.

Cuando permitimos que el terapeuta “nos vea” a través de su mirada podemos vernos y entendernos mejor. El psicoterapeuta está entrenado para ver, sentir y poner ante nuestra mirada aquello que tal vez ha estado mucho tiempo oculto generando mal estar. No es un gurú ni un mago ni un chamán, no es una persona que ayuda gratis, como me dijeron no hace mucho; es un profesional que vive de su trabajo, como tú del suyo. No es un trabajo de carpintería (noble arte), es un trabajo con una dimensión humana fundamental que precisa empatía y confianza, además del conocimiento de los procesos humanos y formas de llegar a lo individual, a lo que te ocurre a ti y solo a ti, por mucho que se parezca a lo que les ocurre a otros.

El pescador (metáfora)

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metáfora sobre el duelo
Hace mucho mucho tiempo, vivía Efrén con su mujer Noemí y sus dos hijos en la casa de su padre Uriel, una humilde casita de pescadores en los arrabales de Cafarnaúm junto al lago Tiberíades de Israel.

Vivía la familia de la pesca de Uriel y su hijo, como la mayoría de sus vecinos. Pescaban por las noches, atrayendo los peces a la luz de las teas embreadas.

Aquella noche soplaba una suave brisa sobre el agua que empujaba la vela lago adentro; nada presagiaba lo que ocurrió después, y es que inesperadamente el viento arreció, la luna quedó oculta tras las nubes y empezó a descargar una terrible tormenta. Las teas se apagaron, las aguas se encresparon. Efrén iba al timón y Uriel fue a recoger la vela para no zozobrar. Apenas se veía a dos brazos de distancia. Aquello fue intenso, pero breve, poco a poco las aguas se fueron calmando.

Uriel no veía a su padre, comenzó a buscarle por el suelo de la barca que no era grande. Su alarma y desesperación se dispararon. Miró al agua, le llamó, grito... Solo le acompañaban el movimiento de la barca y el golpear de la vela recogida contra el mástil. No pudo encender las teas, todo estaba empapado. Esperó al amanecer con la esperanza de que estuviese cerca agarrado a alguna de las cajas que cayeron por la borda. No vio nada.

Extendió la vela para volver a puerto con la esperanza de hallarle allí.

Encontró a su familia y a sus vecinos preocupados. No podía creer que su padre no estuviese allí.

Tras el shock inicial empezó a rumiar ideas acerca de lo que había pasado, culpaba a su padre de no haberse atado a la barca, de no haber tenido cuidado, se culpaba a sí mismo de haberle dejado hacer la peligrosa tarea de arriar la vela en esas circunstancias, culpó a Yavé de haberles mandado semejante tormenta sin motivo, pues ellos de puro humilde no podían haber hecho mal a nadie ni queriendo. Sintió ira y rabia por todo lo ocurrido.

Deseaba que su padre apareciese vivo, para ello estaba dispuesto a lo que fuese, a dar su vida a cambio, rezaba, negociaba con Yavé su comportamiento futuro a cambio de la vida de su padre, porque no solo era su padre, era su maestro, su guía, su consejo. Hasta ahora no se había dado cuenta de todo lo que era su padre.

A los dos días unos vecinos vieron el cuerpo de Uriel flotando cerca de la costa.

Efrén lloró todo aquel día, y después entró en un estado de estupor con la mirada perdida sobre las aguas. Estuvo así mucho tiempo, con una profunda tristeza que apenas le permitía respirar, no comía, apenas se movía, más que dormir, se ausentaba mentalmente, la cercanía de su mujer y de sus hijos que antes le alegraba ahora le dejaban indiferente.

Empezaron a vivir de la caridad de los vecinos, pues Efrén no salía a pescar.

Los vecinos pasaron de tener compasión a sentirse molestos y después enfadados, pues no entendían como seguía así mientras ellos alimentaban a su familia. Poco a poco se fueron alejando…

Efrén, desde el rincón en el que estaba agazapado, vio a su mujer y a sus hijos llorando abrazados entorno al fuego de la cocina vacía, y supo que su padre nunca hubiera permitido que él pasase hambre pese a lo pobres que eran.

A la noche cargó la barca con la red y las teas, saldría solo, lo haría como le había enseñado su padre, como no tardando mucho podría él enseñar a su hijo mayor. Sabía que su familia le esperaba.